Espacio que pretende resguardar voces, experiencias y conocimientos desde el rol
social del bibliotecario. Documentación de archivos orales sobre el patrimonio cultural
intangible conservado en la memoria de los libros vivientes. Entrevistas, semblanzas,
historias de vida. Reflexiones en torno a la bibliotecología indígena y comunitaria.

sábado, 11 de abril de 2026

Una visita a la Radio La Colifata

El sábado 4 de abril estuve en el Hospital Interdisciplinario Psicoasistencial José Tiburcio Borda, para presenciar por primera vez la programación en vivo de la radio La Colifata, aquella increíble iniciativa que lleva adelante desde hace 35 años el psicólogo Alfredo Olivera -actualmente en Francia con un proyecto similar- junto a un grupo de profesionales integrados por psicólogos, trabajadores sociales, musicoterapeutas y periodistas, cuyos integrantes continúan adelante con la dirección general y estratégica del proyecto.

Creada el 3 de agosto de 1991 por el reconocido profesional de la salud mental, se constituye como la primera radio en el mundo en transmitir desde un hospital neuropsiquiátrico. El paso del tiempo corroboró el sentido de los objetivos planteados, desde un rol terapéutico y comunicacional, para lograr no solo la interacción con los pacientes, sino también discutir la estigmatización social que ha pesado sobre los internos, producto de la inclusión de las voces de quienes habían sido excluidos socialmente. Cuando los conductores del programa pidieron a los internos que le pongan un nombre a su columna o espacio, ellos eligieron más de 40 posibles nombres -entre ellos el que propuso Jorge Osvaldo Garcés: “La Colifata”- que por cierto era el único que hacía alusión a la locura, pero los internos propusieron que sean los oyentes los que voten el nombre que mas les gustaba, y la votación decantó por la denominación que ya todos conocemos.

La aceptación del nombramiento no fue algo menor, ya que La Colifata, en ese punto de encuentro entre la comunidad y los pacientes, terminó por dar una respuesta a ese lugar de asignación que viene de aquellos que se encuentran al otro lado del muro social, que en tal sentido el nombre aludiera a la locura fue un modo de aceptar ese lugar de asignación por parte de la sociedad para desde allí cuestionarlo, interperarlo, debatirlo. Como bien lo expresó Olivera “La Colifata como significante propone un giro humorístico, apuntando a – en principio – desdramatizar el problema sin negarlo, admitiendo un punto de contacto diferente desde donde se pueda generar un fenómeno de empatía social, entendiendo a la misma como “capacidad para llegar a la compenetración emotiva con otros seres” Finalmente trabajamos desde ese lugar asignado socialmente, pero operando un pequeño corrimiento. El proyecto Colifata lo que hace es instalar una pregunta allí donde hay una certeza. La certeza es loco=peligroso, loco=genio, loco=insensato permanente, por lo tanto hay que apartarlo. Colifata es… Que es? Loco= Que? Así empieza a circular toda otra serie de posibles nuevas significaciones respecto al problema. Vamos generando y promoviendo una gran construcción colectiva de nuevas representaciones que cuestionen estos mitos. El camino propuesto es ir hacia el mito para luego de-construirlo en una tarea de todos.  De-construcción participante y participativa. La radio no solo como emisión sino sobre todo como lugar de “escucha”, como una oportunidad para la “escucha” de la pregunta que habla. La radio no sólo como lugar de “palabra”, la radio como “silencio” también que permite que el cuerpo social hable. Se trata de que los pacientes ejerzan libremente el derecho a la expresión, recuperando un auditorio, la dimensión humana del otro de la cultura. Justamente, la posibilidad de estar sujetos a ella re-inscribiendo en lo social su figura, provocando una nueva mirada o, al menos, cuestionando a aquella detenida cristalización de sentido”.

El formato de la programación en vivo -sentados en círculo pacientes, organizadores y visitantes- habilita la escucha atenta y la calibración consciente de cada palabra que se pronuncia, todo se mide al momento de expresar algo, pero los colifatos no, si bien siguen una estructura propia de una programación radiofónica -un trabajo descomunal de Analía  Valotta- la sensación que queda en el aire es que dan rienda suelta a una forma de expresión muy genuina que parece asormarse desde un plano del que apenas -los que estamos “del otro lado”- podemos imaginar en cuanto a su lógica y originalidad, no carente de un espíritu artístico que asocia permanentemente el entendimiento de un tiempo y un espacio ligados profundamente al concepto de experiencia, tal como lo suscribió el filósofo Walter Benjamin (experiencia como algo que te trasciende, que te modifica, que no te deja indiferente).

Hubo momentos (de esos que el poeta Cesare Pavese imaginó en boca de Mnemosine, cuando le pregunta a Hesíodo si no podía imaginarse una existencia solo hecha de instantes que vuelven repentinamente felices a las personas), en que esa cuerda de locos parecía ser tomada por todos al mismo tiempo, entre el colifato que hablaba y los colifatos y colifatas que escuchaban, como cuando el rapero de nombre Leandro, mirando el pasto, improvisó su canto con rima rindiendo tributo a un antiguo compañero, es allí que un anciano que estaba sentado a mi lado con la remera de la Colifata, me comentó que en ese círculo donde estaba sentado el cantante fueron depositadas una parte de las cenizas del mítico Ever Beltrán, conocido por su sección “Momento Boliviano”, un clásico de los primeros tiempos de La Colifata, ahí entendí el porqué de esa mirada clavada en el pasto, mientras ponía un cigarrillo en el suelo y le cantaba al Gran Ever sin levantar la vista al público, en recuerdo de aquel que transmitía desde el techo de la radio porque planeaba regresar a Bolivia en un helicóptero equipado con un tocadiscos Winco. Basta leer la historia de La Colifata contada por Alfredo Olivera para saber que el primer impulso que tuvo para hacer el proyecto de radio lo había recibido precisamente de Ever, quien consideraba que la música era fundamental si se quería concretar el sueño de volar. A este cronista lo llamaban “el corresponsal del cielo”, y a metros del escenario donde se encuentra la radio, una estatua realizada en su honor deja en evidencia el cariño que todos los colifatos sienten.

Me sorprendió que todos vinieran a saludarnos, otorgando un valor a la presencia de quien simplemente se acerca a escuchar, pero que termina involucrado en el intercambio de mensajes, pensamientos e historias de vida. Involuntariamente terminé siendo partícipe de ese momento en que las palabras buscan asociar alguna idea que deje resonancias y que provoque motivos para una conversación. También noté que algunos testimonios visibilizaban una problemática, de la que son plenamente concienstes. El programa finalizó con una lectura de poemas por parte de “El Beat”, uno de los pacientes más antiguos que participa de La Colifata, con un manejo correcto del tiempo y de las pausas para intercalar la música. A la salida, me encontré con el mítico Citroen de La Colifata, en donde uno de los cronistas, de nombre Julio, me contó que se subían 4 personas (soportando la capacidad máxima de este pequeño vehículo) con una grabadora para salir a buscar notas a la calle, y lo increíble es que salían sin una planificación previa, si en algún momento del recorrido veían algo que les hacía creer que podían hacer una nota, simplemente paraban el auto, se bajaban y encaraban a los transeúntes para hacerles preguntas que después terminaban editando cuando volvían. El auto -intervenido artísticamente por el pintor Milo Lockett- sigue en funcionamiento y su historia es digna de una película, ya que hace unos años, luego de que el abandono lo deterioró hasta no arrancar, los colifatos tuvieron que debatir qué hacer con el Citroen y las opciones habían sido recuperarlo para volver a salir a las calles, convertirlo en instalación artística, que sirviese como auto para escuela de manejo o… prenderlo fuego, por suerte fue la primera opción la que terminó prevaleciendo, y con la ayuda de otras radios se inició una campaña que permitió que este auto de corresponsales periodistas pudiera volver a la calle.

Aún a días de haber estado, sigo procesando el impacto de la experiencia, difícilmente como bibliotecario pueda entender el alcance de nuestra profesión en un medio de comunicación que conserva y archiva sus propios contenidos, con un tema tan sensible como lo es la salud mental.

Muchos de los que allí están todavía no pueden decidir de qué lado del muro quieren vivir sus vidas, porque necesitan esa contención y esa ayuda, y muchos otros, los externalizados, van y vuelven para colaborar, porque estar les significó un avance único en sus vidas. Y luego estamos nosotros, que podemos entrar por unas horas, y que nos preguntamos -me lo pregunto con mucho cuidado- si desde nuestros trabajos podemos aportar una idea que les permita a los colifatos transitar sus creativas vidas hacia un mundo mucho más ameno.

Muchas gracias a Analía y a los colifatos que compartieron sus historias aquella tarde.

Fuentes consultadas:

Radio La Colifata:

https://lacolifata.com.ar/

Historia:

https://lacolifata.com.ar/historia-reconocimientos/