Espacio que pretende resguardar voces, experiencias y conocimientos desde el rol
social del bibliotecario. Documentación de archivos orales sobre el patrimonio cultural
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jueves, 5 de febrero de 2026

El invisible testimonio


Un libro.

A horas de ser triturado junto a otros libros de una biblioteca universitaria.

Ocurrió hace años, las circunstancias del contexto son menores, tanto como sus personajes, lo que hice fue separar un libro que estaba destinado a un expurgo, donde simplemente iba a ser transformado en papel picado, la decisión me hizo acordar a un cuento sufí, “Las estrellas de mar”, en donde un escritor observó como un muchacho dedicaba su día a recoger estrellas de mar de la orilla para lanzarlas al agua otra vez, aquel hombre le había preguntado al joven que estaba haciendo y este le contestó:

"recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán".

Dijo entonces el escritor." Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas".

El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó " para ésta... sí tiene sentido".

Después sabemos por el cuento que, al otro día, el escritor corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas.

Este libro fue una de esas estrellas.

Al día siguiente, con la arbitrariedad del expurgo ejecutada, y luego de saber que lo que tenía en manos era el único objeto que sobrevivió a esa decisión tan poco comprensible –una eliminación de documentos para favorecer “el reciclado” y el problema del “espacio”- dediqué un tiempo a examinarlo. El libro está cubierto con un cartón artesanal, como si fuera prensado con hojas de árboles, incluye un texto vertical del lado izquierdo y una especie de tela sellada desde donde se resalta en forma opaca unos símbolos pintados de blanco, como si fuera estampado con cal, y luego tres solapas con sus dobleces que parecen guardar las palabras mientras se corre el telón para iniciar la lectura, la primera de esas solapas en un tono color pastel, similar a una hoja de calcar, la segunda solapa del mismo color amarronado que la cubierta de cartón, y finalmente una última solapa con una guarda acaso anaranjada, que prologa el silencio y la incertidumbre del objeto.

Buena parte del libro está escrito en ideogramas chinos, parece destinado a la lectura y al asombro. Las hojas son de excelente calidad, dejan entrever distintas caligrafías e imágenes, con delicadas impresiones, con pinturas trazadas en otras épocas, de un tiempo que parece quedarse asociado a églogas serenas acaso anacrónicas o profundas meditaciones en entornos rurales, historias que la tradición oral supo conservar.

Luego supe que ese objeto era parte de una colección digital de libros raros chinos, que albergó la División Asiática de la Biblioteca del Congreso, aproximadamente unos 5300 títulos, de los cuales se digitalizaron cerca de 2000. Se define en este caso como libro raro aquellos documentos impresos y manuscritos encuadernados en idioma chino producidos antes de 1796. Algunos de esos libros datan de los siglos XI o XII, buena parte de la colección reúne libros impresos, manuscritos, sutras budistas (discursos, enseñanzas y preceptos atribuidos a Siddhartha Gautama), obras con imágenes pintadas a mano, diccionarios geográficos locales y mapas antiguos. Se dice que estos materiales abarcan una amplia gama de disciplinas, entre ellas la historia, la geografía, la filosofía y la literatura. La mayoría son ediciones de la dinastía Ming (1368-1644) y principios de la dinastía Qing (1644-1795), mientras que casi 30 títulos son ediciones de la dinastía Song (960-1279) y la dinastía Yuan (1279-1368).

Con respecto a la colección, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos digitalizó estos libros raros chinos en colaboración con la Biblioteca Nacional Central de Taiwán, en reconocimiento al valor de la colección como recurso fundamental para el estudio de la China premoderna, que incluye la historia local, la geografía, la política, la vida social y económica, la educación, la agricultura y la biología.

Aquella mañana que decidí guardarlo en mi mochila, me quedé pensando en los procesos de producción de un libro, desde que es concebido en manuscritos hasta que es enviado a una imprenta, cuando al otro día observé cómo un conjunto de 500 libros muy similares al que separé fueron puestos en una bolsa para ser enviados a una trituradora, la sensación de pérdida habilitaba un puente semántico entre quienes no pudieron leer esos manuscritos, y quienes, como yo, no podían entender esos símbolos cargados de significado. Mi no entendimiento del idioma me igualaba en esa noción de pérdida con la posibilidad de una lectura que invisibles lectores no tuvieron.

Y es que también esos actos trazan una línea que separa a los bibliotecarios comprometidos con la vocación, de aquellos que prefieren hacer de cuenta que esas acciones no tienen relación alguna con el sentido ético del quehacer profesional.

La disciplina habilita estas discusiones, muchas veces subyace una lógica cuya implementación puede agregar líneas reflexivas y críticas al plano de la biblioclastía, y probablemente la ausencia de recursos impide destinar un tiempo para evaluar la colección, en donde sea posible seleccionar algunos títulos que eventualmente puedan formar parte de bibliotecas insertas en comunidades asiáticas de inmigrantes. Entiendo que organizar ese criterio requiere personas con dominio del idioma, y con conocimiento de la demanda de información que pueda manifestarse en este tipo de colectivos. El criterio requiere trabajo, investigación, organización. El expurgo no. Cuando un edificio se construye pasan años, demolerlo lleva minutos.

Lo que se pierde es la significatividad que pueda tener un documento de este tipo para quien comprenda sus símbolos.

Como lo dijo Borges:

Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. "La rosa es sin porqué", dijo Ángelus Silesius; siglos después, Whistler declararía "El arte sucede".

Ojalá seas el lector que este libro aguardaba.

No soy el destinatario de esa lectura, acaso solo el testigo de unas cuantas cosas sin resolver, pero aquel día devolví una estrella por encima de las olas.

Sitio consultado:

Library of Congress. Collection Chinese Rare Book Digital Collection. Disponible en: https://www.loc.gov/collections/chinese-rare-books/about-this-collection/

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