Desde hace tiempo que no deja de sorprenderme la proliferación de cursos, talleres y eventos relacionados con la Inteligencia Artificial (IA) en el contexto de las unidades de información (bibliotecas, archivos, centros de documentación, museos, entre otros), entendiendo hasta cierto punto lo que significa utilizar la herramienta sin caer en la dependencia y anulación de las propias capacidades cognitivas, una cosa es usar la IA para configurar datos de un Excel y otra muy distinta que la IA piense por nosotros para encontrar respuestas a los problemas. Recientemente tuve conocimiento de una interesante reflexión del periodista Cristian Campos, cuyo contenido se puede ver en la Web, tiene relación con una serie de propuestas artísticas que van en contra de la IA, utilizando un recurso que las máquinas no pueden implementar, que es ni más ni menos que la consideración del error en la creación de contenido. Es un hecho que la IA genera perfección desde la irrealidad, en donde el concepto de valor queda cuestionado en parte por el bajo costo que implica utilizar la herramienta, lo que el periodista advierte es que desde hace un tiempo las máquinas nos ganan por aburrimiento, idiotizando a través del entretenimiento, lo que en algún punto nos deja vacíos ante la irremediable y progresiva ausencia de la creatividad humana, pero el foco al que dedica su atención el autor es que hay algo que la IA no sabe hacer, y es equivocarse…
La artificialidad implica reducir el acceso de contenidos a un conjunto mínimo de referencias, donde las “creaciones” se limitan a una serie de productos que no habilitan en el oyente la posibilidad de advertir la arborescencia y complejidad de una composición. Todo es llano y predecible. Ante ese cuadro, la variable antagónica es precisamente mostrar lo imperfecto, lo irregular, que se vean las vetas de la madera y no una superficie lisa y homogénea, una creación que para plantear diferencias requiere el error del alma humana, así sea una pintura, una fotografía, un poema o una artesanía, si es humano es real, y el resultado compete a las características propias de los seres biológicos, con sus rasgos analíticos, emocionales y espirituales.
Me pareció excelente este ejemplo que comparte Campos, porque sirve para pensar el contexto en el que estamos situados, ocurrió en el siglo XIX, más precisamente en el año 1839, cuando el francés Louis Jacques Mandé Daguerre presentó el primer procedimiento fotográfico comercial de la historia, que consistía en una imagen obtenida sobre una placa metálica pulida recubierta de plata, revelada químicamente y fijada para su conservación, no había en ese proceso negativos ni copias simples, lo que significaba que cada imagen era una pieza original e irrepetible. A esa materialidad de la imagen se la conoció como daguerrotipo, lo que generó cierto pánico entre los pintores al saber que, a partir de ese momento, una máquina reproducía la realidad en modo perfecto, con lo cual lo que a un pintor le llevaba semanas reproducir, esa máquina lo hacía en minutos, fue un invento que oscureció en aquel entonces el horizonte de los artistas, pero los pintores no se rindieron, hicieron algo mucho más inteligente: abandonaron la realidad.
Como la representación perfecta de la realidad se había devaluado porque ahora era automática, los artistas se refugiaron en la subjetividad, así nació el impresionismo, el cubismo, el expresionismo, el surrealismo, diferentes formas de "deformar" la realidad, de mostrar lo abstracto, lo caótico, lo extraño, fue la auténtica respuesta humana a la cámara de fotos, una forma de decir que esa expresión era única, imposible de replicar por una máquina, porque allí estaban las distorsiones, la creatividad, incluso el error, como forma genuina de expresión e intervención artística, el arte se tornó más humano cuando dejó de intentar hacer una copia perfecta de la naturaleza, de hecho las vanguardias terminaron siendo una respuesta humana a la aparición de una máquina que intentaba sustituir el esfuerzo creativo de las personas.
Para Cristian Campos, la IA es un espejo retrovisor, modelos que son entrenados con lo que ya existe, y lo que ya existe es el resultado de años de algoritmos optimizados para el consumo masivo, donde el mecanismo es simple, la IA genera contenido basado en lo genérico y la sociedad consume ese contenido lo que a su vez alimenta la siguiente generación de la IA que se vuelve invariablemente más genérica ¿eso adónde nos llevaría? pensemos en lo que se anula como percepción, como creación, como diferencia, como innovación, y el resultado, en el corto plazo, es un desierto estético total y absoluto, donde todo es parecido, frívolo, banal, inexpresivo, comercial, asociando el producto a una idea de éxito que una buena parte de la sociedad consume de modo acrítico.
Esto nos lleva al motivo por el cual el periodista abordó esta problemática, un video de un grupo de música, Angine de Poitrine, que se volvió variable en las redes sociales, se trata de algo que parece hecho a propósito en cuanto a la desconexión rítmica y las escalas utilizadas en las notas musicales, el sistema colapsa porque su música es impredecible, incluso irracional, algo así como una declaración de guerra contra la estandarización, pero acaso sin saberlo o sin proponérselo, la mera existencia de la propuesta terminó siendo un acto de resistencia. Es probable que, al cabo de un tiempo, si tomamos en cuenta esta experiencia musical, podamos decir que gracias a la IA el arte volvió a ser una opción genuina creada por artistas reales.
Podría ubicar en este contexto la música generada por el grupo Reynols de Argentina, una banda de culto absolutamente inclasificable, que rompe con los estándares de lo que se entiende por música, dando valor al sonido como modo de experimentación y creación artística, en donde incluso llegaron a editar -a modo de primer disco oficial- la publicación de un “disco sin disco” (titulado Gordura Vegetal Hidrogenada), ya que al abrir la caja del CD el usuario se encontraba con ilustraciones, una lista de temas y notas, pero ninguna canción para escuchar, en donde se indicaba que el disco como tal se había “desmaterializado” (el texto en el sobre interno decía “Este CD se desmaterializó hace 15 segundos”). Más allá de lo atípico del grupo, integrado por Alan Courtis, Roberto Conlazo y Miguel Tomasín, en la que buena parte de su producción fue editada en el exterior (su catálogo cuenta con más de 120 ediciones en sellos de Japón, Europa, Estados Unidos y Oceanía), la creatividad manifestada se encuentra en las antípodas de lo que la IA registra en cuanto a la comercialización y la composición musical.
Sus contenidos son permanentemente centro de atención de discusiones filosóficas, musicales, artísticas y literarias, llegando incluso a distintas áreas dentro de la neurociencia y neurodiversidad, dada la condición de su cantante y baterista, Miguel Tomasín, quien tiene Síndrome de Down. Es para prestar atención lo que genera este cantante, que suele utilizar palabras inventadas, pero que ha logrado compartir un sentido único del entendimiento de la música, ya que, tal como lo afirma Courtis “para trabajar con Miguel necesitás manejar lo no-verbal y lo no-lógico”. Se trata de un músico que no ha seguido ninguna tradición y que simplemente fue seguido por los demás miembros de la banda, emprendiendo la “búsqueda de un estado de consciencia alternativo”. Las composiciones de Reynols, además de propiciar la creación de conceptos dentro del género noise (no-filosofía, entre otros), llevaron su experiencia sonora más allá de los límites conocidos de los géneros y las convenciones.
Si trasladamos este tema al campo de la literatura, sin tratarse exactamente del mismo problema, tenemos un libro del poeta Daniel Samoilovich en donde ofrece un modo de entender qué es el arte, la belleza, la verdad, pero tomando al error no como una falla que debe ser corregida, sino una oportunidad de descubrimiento y creación, el error como punto de partida para complejizar la producción artística, extendiendo el criterio no solo a los poemas sino también a las obras de arte, las teorías y corrientes artísticas clásicas y contemporáneas, lo que también termina siendo una respuesta auténticamente humana sobre las percepciones de la realidad, los desajustes, las incoherencias, las distracciones, donde lo inesperado -aquello que la IA no puede predecir- cobra forma y sentido. El crítico literario comparte una frase que considero relevante: “acaso todo error en un mundo sea un acierto en otro que apenas podemos pensar, un patito feo de una raza de cisnes fantásticos”.
Otro punto que me resulta relevante en ese aporte de Samoilovich es el universo donde conviven los bocetos, las notas y los diarios personales, que en ocasiones el paso del tiempo, a través de quienes investigan estas colecciones, los considera legibles como obras. Se discurre allí sobre lo “no terminado” lo apenas insinuado o esbozado, tanto en poesía como en las artes plásticas, y donde el foco está puesto en el error (ya que por algún motivo no fue publicado por su autor), bajo esa idea de lo imperfecto entendida como el devenir contrario de la perfección en el arte. En tal caso, resulta válido evaluar cómo, en la apariencia de dicho terreno irregular, las distracciones y los ensueños obran como palanca de nuevas técnicas e ideas, y de la creación de obras maravillosas. Entonces, en ese marco, tal como lo afirma Samoilovich, la heterogeneidad termina siendo la apuesta, en alegre contrapunto con la reincidencia. Fracasando una y otra vez en la representación, surge acaso un nuevo concepto de belleza, en todo caso son asombros que se repiten, y con los cuales el acto de vadear el cauce no implica abandono sino cultivo de variables que forman parte de lo no pensado del pensamiento.
Volviendo al testimonio de Campos, hay una lógica que subyace al problema que nos interpela, si nos damos cuenta que las máquinas hacen nuestro trabajo mejor que nosotros, no nos queda otra que volver a nuestra esencia: el libre albedrío, la capacidad de ser incomprensibles, irracionales, extraños, ya que la racionalidad es el terreno de la máquina, de lo digital, y nuestro terreno es la irracionalidad. Entonces, lo que los usuarios han visto en ese video reproducido por millones es humanidad en estado puro, una idea de lo irracional frente a la tiranía de la perfección racionalista, más bien es un trabajo ligado a la belleza, a la curiosidad, a la intuición, a la expresión, que nos hace enteramente humanos. La libertad creativa nace de la posibilidad de equivocarse, ahí para Campos tenemos una ventaja con respecto a la IA, ya que en ese mundo que nos obliga a ser perfectos, ser imperfectos termina siendo el único acto de rebeldía.
Fuente consultada:
Campos,
Cristina. Opinión. ¿Por qué millones de personas se han obsesionado con Angine de
Poitrine?. El Español. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=cpiBHy0iX5Y
Reynols: Minecxiología / Reynols:
editado por Gabriela De Mola, 1ª ed. Buenos Aires: Dobra Robota, 2022.
Samoilovich,
Daniel. Estética del error: apuntes sobre arte y poesía. Buenos Aires: Fondo de
Cultura Económica, 2024.













