Un libro.
A horas de ser triturado junto
a otros libros de una biblioteca universitaria.
Ocurrió hace años, las
circunstancias del contexto son menores, tanto como sus personajes, lo que hice
fue separar un libro que estaba destinado a un expurgo, donde simplemente iba a
ser transformado en papel picado, la decisión me hizo acordar a un cuento sufí,
“Las estrellas de mar”, en donde un escritor observó como un muchacho dedicaba
su día a recoger estrellas de mar de la orilla para lanzarlas al agua otra vez,
aquel hombre le había preguntado al joven que estaba haciendo y este le
contestó:
"recojo las estrellas de
mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado
y muchas morirán".
Dijo entonces el
escritor." Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino,
morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en
esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas".
El joven miró fijamente al
escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima
de las olas y exclamó " para ésta... sí tiene sentido".
Después sabemos por el cuento
que, al otro día, el escritor corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a
salvar estrellas.
Este libro fue una de esas
estrellas.
Al día siguiente, con la
arbitrariedad del expurgo ejecutada, y luego de saber que lo que tenía en manos
era el único objeto que sobrevivió a esa decisión tan poco comprensible –una
eliminación de documentos para favorecer “el reciclado” y el problema del
“espacio”- dediqué un tiempo a examinarlo. El libro está cubierto con un cartón
artesanal, como si fuera prensado con hojas de árboles, incluye un texto
vertical del lado izquierdo y una especie de tela sellada desde donde se
resalta en forma opaca unos símbolos pintados de blanco, como si fuera
estampado con cal, y luego tres solapas con sus dobleces que parecen guardar las
palabras mientras se corre el telón para iniciar la lectura, la primera de esas
solapas en un tono color pastel, similar a una hoja de calcar, la segunda solapa
del mismo color amarronado que la cubierta de cartón, y finalmente una última
solapa con una guarda acaso anaranjada, que prologa el silencio y la
incertidumbre del objeto.
Buena parte del libro está
escrito en ideogramas chinos, parece destinado a la lectura y al asombro. Las hojas
son de excelente calidad, dejan entrever distintas caligrafías e imágenes, con
delicadas impresiones, con pinturas trazadas en otras épocas, de un tiempo que
parece quedarse asociado a églogas serenas acaso anacrónicas o profundas
meditaciones en entornos rurales, historias que la tradición oral supo
conservar.
Luego supe que ese objeto era
parte de una colección digital de libros raros chinos, que albergó la División
Asiática de la Biblioteca del Congreso, aproximadamente unos 5300 títulos, de
los cuales se digitalizaron cerca de 2000. Se define en este caso como libro
raro aquellos documentos impresos y manuscritos encuadernados en idioma chino
producidos antes de 1796. Algunos de esos libros datan de los siglos XI o XII,
buena parte de la colección reúne libros impresos, manuscritos, sutras budistas
(discursos, enseñanzas y preceptos atribuidos a Siddhartha Gautama), obras con
imágenes pintadas a mano, diccionarios geográficos locales y mapas antiguos. Se
dice que estos materiales abarcan una amplia gama de disciplinas, entre ellas
la historia, la geografía, la filosofía y la literatura. La mayoría son
ediciones de la dinastía Ming (1368-1644) y principios de la dinastía Qing
(1644-1795), mientras que casi 30 títulos son ediciones de la dinastía Song
(960-1279) y la dinastía Yuan (1279-1368).
Con respecto a la colección,
la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos digitalizó estos libros raros
chinos en colaboración con la Biblioteca Nacional Central de Taiwán, en
reconocimiento al valor de la colección como recurso fundamental para el
estudio de la China premoderna, que incluye la historia local, la geografía, la
política, la vida social y económica, la educación, la agricultura y la
biología.
Aquella mañana que decidí
guardarlo en mi mochila, me quedé pensando en los procesos de producción de un libro,
desde que es concebido en manuscritos hasta que es enviado a una imprenta,
cuando al otro día observé cómo un conjunto de 500 libros muy similares al que
separé fueron puestos en una bolsa para ser enviados a una trituradora, la
sensación de pérdida habilitaba un puente semántico entre quienes no pudieron
leer esos manuscritos, y quienes, como yo, no podían entender esos símbolos
cargados de significado. Mi no entendimiento del idioma me igualaba en esa
noción de pérdida con la posibilidad de una lectura que invisibles lectores no
tuvieron.
Y es que también esos actos trazan
una línea que separa a los bibliotecarios comprometidos con la vocación, de
aquellos que prefieren hacer de cuenta que esas acciones no tienen relación
alguna con el sentido ético del quehacer profesional.
La disciplina habilita estas
discusiones, muchas veces subyace una lógica cuya implementación puede agregar
líneas reflexivas y críticas al plano de la biblioclastía, y probablemente la
ausencia de recursos impide destinar un tiempo para evaluar la colección, en
donde sea posible seleccionar algunos títulos que eventualmente puedan formar
parte de bibliotecas insertas en comunidades asiáticas de inmigrantes. Entiendo
que organizar ese criterio requiere personas con dominio del idioma, y con
conocimiento de la demanda de información que pueda manifestarse en este tipo
de colectivos. El criterio requiere trabajo, investigación, organización. El
expurgo no. Cuando un edificio se construye pasan años, demolerlo lleva
minutos.
Lo que se pierde es la
significatividad que pueda tener un documento de este tipo para quien comprenda
sus símbolos.
Como lo dijo Borges:
Un libro es una cosa entre las
cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente
universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos.
Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que
no descifran ni la psicología ni la retórica. "La rosa es sin
porqué", dijo Ángelus Silesius; siglos después, Whistler declararía
"El arte sucede".
Ojalá seas el lector que este
libro aguardaba.
No soy el destinatario de esa
lectura, acaso solo el testigo de unas cuantas cosas sin resolver, pero aquel
día devolví una estrella por encima de las olas.
Sitio consultado:
Library of Congress.
Collection Chinese Rare Book Digital Collection. Disponible en: https://www.loc.gov/collections/chinese-rare-books/about-this-collection/
