Espacio que pretende resguardar voces y conocimientos desde el abordaje de la
bibliotecología. Documentación de archivos orales sobre el patrimonio cultural intangible
conservado en la memoria de los libros vivientes. Entrevistas a bibliotecarios sobre el rol social
de la profesión. Reflexiones en torno a la bibliotecología indígena y comunitaria.

sábado, 24 de octubre de 2015

Apuntes sobre el curso (Des)enterrando libros prohibidos


Recientemente participé de un curso impartido por el profesor Edgardo Vannucchi, denominado “(Des)enterrando libros prohibidos”, en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti: Espacio para la memoria y para la promoción y defensa  de  los derechos humanos, dentro de la Ex-ESMA, un lugar representativo donde la memoria es interpelada, permitiendo nuevas construcciones de sentido, otorgando un marco apropiado para entender lo sucedido en un contexto particular de la Historia Argentina.
A modo de introducción se podía leer lo siguiente:
La vigilancia, el control ideológico y la censura se aplicaron sobre autores, libros y editoriales y abarcó diferentes géneros y públicos. El taller se propone abordar las características del dispositivo de represión cultural instrumentado por la última dictadura cívico-militar y compartir fragmentos de algunos textos considerados "subversivos" que lograron resistir la persecución y el olvido”.
Me ha resultado muy valioso el aspecto analítico del curso, ya que el mecanismo planteado por el docente habilitó la construcción reflexiva sobre hechos puntuales relacionados con la represión cultural que se vivió en Argentina en los oscuros años de la última dictadura cívico-militar (1976-1983), dicha comprensión abordó desde un principio dos instancias  relacionadas: la represión de los cuerpos y la represión de los símbolos (cultura, ideas), una represión simultánea que tuvo dos aristas bien diferenciadas, por un lado la represión física de las personas tuvo un carácter ilegal (clandestina, terrorista), por otro lado la represión física de los objetos (libros, documentos) tuvo en contrapartida un carácter “legal” (de orden público, jurídico). Cabe agregar al respecto lo expresado por Judith Gociol en una entrevista: “La desaparición de personas tenía que corresponderse con la desaparición de símbolos culturales”. [Entrevista a  Judith Gociol. Revista Tesis 11 Nro. 84. Marzo-Abril 2007.]
En aquella época los militares hicieron una apropiación de los medios de comunicación (televisión y radio), la cultura fue concebida como un campo de batalla, en donde era práctica común instalar la idea de “infiltración subversiva” en los jóvenes estudiantes (especialmente en los colegios), términos como “destrucción de valores”, “marxismo”, “detención e identificación del enemigo cultural” eran manipulados a través de mecanismos “legales” (normas públicas, decretos, resoluciones, ordenanzas). En cambio las personas eran secuestradas o detenidas-desparecidas a través de mecanismos ilegales: listas negras, memorandos, “rumores”, “recomendaciones” (en el que se sumaban medios de comunicación oficialistas). En este sentido en los enunciados de la DSN (Doctrina de Seguridad Nacional) era frecuente registrar documentos sobre el “enemigo interno”.
Según vimos en el taller, en el año 1961 se realiza en la Escuela Superior de Guerra, el primer curso interamericano de Guerra contrarrevolucionaria, que permite indagar cuáles fueron las transformaciones del Ejército Argentino luego del golpe de Estado del ’55 y los inicios de la DSN. Esta situación, tal como lo investigó Daniel Mazzei, permite observar la introducción progresiva de nuevas formas de guerra tanto como la influencia militar  francesa. [Mazzei, Daniel: La misión militar francesa en la escuela superior de Guerra y los orígenes de la Guerra Sucia, 1957-1962. Disponible en internet]
En dicho contexto la estrategia de la desaparición de personas implicaba la exclusión de toda legalidad. La destrucción de libros en cambio tuvo por objeto que parecieran situaciones legales y legítimas, en “beneficio” de la sociedad.
Existen indicios que evidencian el trabajo de inteligencia realizado desde el ejército para establecer parámetros de qué era o no motivo de censura (estableciendo distintos grados de complicidades con medios de comunicación, artistas o personas que adherían al gobierno de facto y por lo general perteneciente a otras ideologías políticas). Asimismo el control represivo se instrumentaba entre el Ministerio de Educación y Cultura y el Ministerio del Interior a través de la DGP. Dirección General de Publicaciones. En ese dispositivo represivo las máximas autoridades establecían fórmulas de calificación ideológica de las distintas publicaciones en 3 niveles:
F1: Carece de referencias ideológicas
F2: Contiene referencias ideológicas
F3: Propicia la difusión de ideologías que atentan contra la Constitución Nacional
En sus orígenes existían un nivel F4 que después prescribe (SIDE, registrado por decreto). La apreciación del contenido de las publicaciones era realizada por la Asesoría Literaria del Departamento de Coordinación de Antecedentes.
A modo de ejemplo se toma el caso de un libro de Haroldo Conti titulado “Mascaró el cazador americano” (1975), editado por Casa de las Américas, en donde figura en legajos la causa: “propicia la difusión de ideologías, doctrinas o sistemas políticos, económicos, sociales marxistas, tendientes a derogar los principios sustentados por nuestra Constitución Nacional”.
Entre los espacios que sufrieron acciones de terrorismo de Estado se encuentran las editoriales (cuyos listados de publicaciones con –supuestos o reales– contenidos marxistas eran analizados por la SIDE), allí se buscaba discriminar la idea de un “nosotros” y un “ellos” (estableciendo niveles de peligrosidad según los contenidos requisados), meras acciones represivas contra una minoría que los militares no consideraban como “argentinos”, agregando conceptos como “infección” e “invasión” propagados en listas secretas, el listado de acciones represivas es amplio:
-intervención de editoriales
-tareas de espionaje
-elaboración de informes secretos
-requisado de librerías
-modificación de contenidos curriculares, de los que se registran algunos ejemplos (los manuales ERSA. Estudio de la Realidad Social Argentina, por Emilio Mignone, 1974, son eliminados y reemplazados en 1981 por Formación Cívica, de Roberto Kechichian, Editorial Stella, luego Formación Moral y Cívica, donde ya desde la portada se focaliza en la familia como idea de institución, con una mirada puesta en lo “esencialista” bajo un orden social inmodificable, con lo cual se deshistorizaban y a la vez naturalizaban los distintos procesos sociales y políticos que desde la Junta se iban imponiendo).
En esta etapa se cierran carreras universitarias, se censuran textos y autores, se prohíben palabras y conceptos, empiezan las quemas masivas de libros, se elaboran materiales por parte del Estado Mayor General del Ejército para detectar los vínculos entre marxismo y subversión en ámbitos laborales, educativos y artísticos (a modo de ejemplo “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)”, editado por el Ministerio de Educación y Cultura). Asimismo la publicación de libros como “El terrorismo en la Argentina” en el año 1979 (que entre otros temas analizaba la noción de “depuración ideológica”) circularon para dar respuestas a las denuncias de la CIDH. Comisión Interamericana de Derechos Humanos).
Cabe destacar, dando un brinco en el tiempo, los documentos secretos que se publican en 1996 “Los archivos secretos de la represión cultural Operación Claridad”, donde es posible observar registros de los llamados “comunicadores llave” (artistas puente) con temas de ideología política expuestos en el terreno de la comunicación artística, que abarca dos etapas: de Acumulación (1962-1973) y de Sistematización (desde 1974 en adelante), los ejemplos son variados: canciones, “palabras infieles”, “discos guerrilla”, donde según los militares existían modos de probar actos de “captación ideológica” en el ámbito educativo, considerado una “grave enfermedad moral”. En otros casos se censuraron libros por el solo hecho de incluir citas sobre Marx (por más que los textos del libro no dijeran nada sobre temas políticos contrarios al Ejército), como también el particular caso de los escritores que tuvieron que modificar su escritura para establecer un guiño cómplice con los lectores, constituyendo verdaderos espacios de resistencia en donde cuestionaban la censura instalando metáforas de lo que ocurría, personalmente me ha resultado interesante analizar este tipo de resistencia cultural, ya que si estos escritores no hubieran empleado dicho método sus libros hubieran sido quemados.
Salvando las distancias (y a título personal) se podría trazar un paralelo con los casos de resistencias culturales surgidos en contextos carcelarios en épocas de dictadura, tal como lo expresa Alfredo Alzugarat en el prólogo del libro “Trincheras de papel: Dictadura y literatura carcelaria en Uruguay" donde se pone de manifiesto la “osada respuesta, constructiva y colectiva, paciente y eficazmente forjada en esas cárceles, es decir, en el vientre mismo del enemigo. Resistencia y respuesta que abarcó todos los ámbitos del saber y del quehacer, abierta a la amplísima gama de cuanto podemos reconocer como cultura de salvación.  Si las cárceles de la dictadura  fueron uno de los mayores emblemas de la peor época de este país, también es posible afirmar que en ellas la dignidad humana libró una dura batalla que, entre sus múltiples consecuencias, dejó obras artísticas y literarias de inapreciable valor”. Ciertamente nada parece más frágil que una trinchera de papel, y tal como lo dice el autor, nada hay más perdurable, ya que “cuando la escritura es un acto de resistencia, las palabras permanecen mucho más allá de los verdugos”.
Resta incluir en este apartado los casos de películas cuyas escenas “inmorales” eran cortadas por los censores de turno. 
Hubo un tema al cual Edgardo Vannucchi dedicó especial atención, que es sobre aquel mito de la ignorancia de los militares con respecto a los contenidos de las publicaciones (recordándose acaso el máximo exabrupto conocido: la requisa del libro “La cuba electrolítica” por suponer que se trataba de material sobre Cuba como país comunista cuando en realidad se sabe que se trata de un libro sobre electroquímica), el otro ejemplo conocido fueron las publicaciones sobre “cubismo”, que como se comprende es un movimiento artístico representado por algunos pintores a principios del siglo XX (también se extiende al denominado cubismo literario expresado desde la poesía) y no como lo entendieron algunos censuradores relacionándolo como una alegoría de la doctrina marxista-leninista impulsada en Cuba por Fidel Castro). Es decir, que asociar a los militares con bestias que no tenían idea de qué requisaban es erróneo, en líneas generales hubo un articulado trabajo de inteligencia para detectar, perseguir, censurar, prohibir o quemar publicaciones que la Junta consideraba inapropiada para la sociedad en su conjunto, en este punto cabe citar lo investigado por Invernizzi-Gociol:
De un lado estaban los campos de concentración, las prisiones y los grupos de tareas. Del otro, una compleja infraestructura de control cultural y educativo, lo cual implicaba equipos de censura, análisis de inteligencia, abogados, intelectuales y académicos, planes editoriales, decretos, dictámenes, presupuestos, oficinas... Dos infraestructuras complementarias e inseparables desde su misma concepción. Dos caras de la misma moneda”.
Otro punto nodal del curso lo representó el análisis de cuentos infantiles prohibidos en dictadura, acentuando la mirada en la finalidad de “adoctrinamiento como tarea de captación ideológica del accionar subversivo”. Es interesante evaluar como se entendió en aquella época la imagen del “ser nacional” instalada desde la ausencia de interpelación de lo que ese “ser nacional” significó y representó (una mera naturalización  del discurso represivo formulado mediante moldes rígidos donde no era posible el cuestionamiento ciudadano).
Con respecto a las editoriales que publicaron cuentos infantiles hubo registros sobre el caso de la editorial “Rompan fila” (para leer juntos), en donde se tornaba evidente cómo los militares querían evitar sus títulos para favorecer la mirada individualista (el sentido filosófico de esa editorial era favorecer la lectura pública y colectiva, la discusión de textos, el debate, todo aquello que chocaba con los intereses de la Junta), sin embargo muchas publicaciones establecieron guiños con sus lectores (a modo de ejemplo “El pueblo que no quería ser gris”) donde aparece la cifra 33.333 en clara alusión a los 33 orientales de Lavalleja y Oribe.
Se tratan de contenidos que coadyuvan a mantener y agravar las causas que determinan la implementación del Estado de sitio (muchos de esos decretos llevaban la firma de Jorge Rafael Videla y Albano Harguindeguy, entre ellos el decreto 1888 fechado el 3/9/76). En este contexto existieron críticas periodísticas que avalaron la censura y que en algunos casos sirvieron para advertir al gobierno de facto de algunas producciones contrarias a sus intereses políticos.
En algún momento se mencionó una colección que se editó durante la dictadura y que pretendía convertirse en el soporte ideológico-“cultural” del autodenominado PRN (Proceso de Reorganización Nacional), la misma era dirigida por el historiador Armando Alonso Piñeiro. Fueron 10 títulos de la editorial De Palma sobre el accionar subversivo en distintos campos.
Algunos de esos títulos publicados fueron los siguientes:
-Crónica de la subversión en la Argentina / Armando Alonso Piñeiro
-Derechos humanos y terrorismo / Ismael Montovio
-La universidad de la violencia  / Gustavo Landivar

Es interesante agregar en este espacio las expresiones, en mayo de 1976, del entonces  Subsecretario de Cultura de la Provincia de Buenos Aires, Francisco Carcavallo, quien pronunciaba la siguiente advertencia:
La cultura ha sido y será el medio más apto para infiltración de ideologías extremistas. En nuestro país, los canales de infiltración artístico-culturales han sido utilizados a través de un proceso deformante basado en canciones de protesta, exaltación de artistas y textos extremistas. Así logran influenciar a un sector de la juventud, disconformista por naturaleza, inexperiencia o edad”.
Bajo una densidad discursiva por parte de los enunciados de la Junta, los lectores de entonces no eran pensados como una parte activa del intercambio cultural, sino como sujetos pasivos, fácilmente influenciables por “ideologías contrarias al orden y a los intereses de la Nación, de la Iglesia o de las Fuerzas Armadas”.
En esta etapa se evaluaron distintos casos de censura, los motivados por los medios de comunicación y los que propendieron a la instigación (pensado desde el marco jurídico).
Un caso emblemático ha sido la publicación del cuento infantil “5 dedos” (para nivel prescolar) donde se muestra un puño izquierdo cerrado pintado de rojo venciendo a 5 dedos pintados de verde, este cuento llegó a manos de la esposa de un coronel neuquino, quien lo compró para leérselo a sus hijos, el material fue visto por el coronel, motivando la posterior requisa y prohibición del mismo, cuando por omisión no fue incluido por los militares entre los materiales censurados.
Incluso hubo casos de autores censurados en algunas dependencias del Ejército y en otras no, con lo cual se trataban de situaciones que no se analizaban entre las diversas estructuras del gobierno de facto (Ejército, Armada, Fuerza Aérea). En otros casos, cuentos como el de “Noche de las barricadas” (con clara reminiscencia al Cordobazo, que como se sabe alentaría la intervención de las fuerzas armadas en el conflicto que en primer lugar tuvieron los manifestantes con la policía local) resultaban prohibidos por brindar información a los lectores sobre cómo había que defenderse, este  cuento testimonial, redactado en tiempo presente con datos históricos concretos, tuvo decreto de prohibición (número 1459) el  20/5/77. En el documento se lee que el texto “describe tácticas subversivas con propósitos de adoctrinamiento y captación ideológica”, lo cual determinó finalmente la prohibición de la obra colectiva.
Aquí también se da lo que figura en el texto de Andrés Avellaneda: una etapa de acumulación de títulos y una etapa de sistematización, estableciendo categorías de censura de las diferentes obras publicadas.
Cuentos como el de Feiguele (de Cecilia Absatz), son prohibidos por tocar cuestiones de   índole moral, en donde se advierte una distorsión de la idea de familia, el libro refleja conflictos internos a nivel familiar y la intromisión de un elemento disruptivo que es la relación que la protagonista tiene con una amiga cuyo padre está preso por motivos políticos (era comunista). La joven es permanentemente observada y estigmatizada tanto por la familia como por la sociedad (mostrando cánones estéticos sobre la idea de belleza). La discriminación incluye la figura de un padre indiferente. Por el solo hecho de mostrar un concepto de familia que no se correspondía con la imagen que los militares pretendían instalar, era motivo suficiente para decretar el retiro y prohibición de los libros.
Es interesante advertir en estas obras como paulatinamente el concepto de subversión experimenta un desplazamiento semántico, donde primero es adjetivado para luego pasar a  sustantivizarse. Las prohibiciones tienen dos cuestiones: políticas y/o morales, los libros prohibidos tuvieron un mismo destino pero con dictámenes claramente diferenciados, las consecuencias de ambas situaciones habilitaron las tareas de requisas y censuras.
Por tal motivo el curso permitió reflexionar, mediante al análisis de algunos textos, desde qué lugar incomodaban, ejemplo de esto lo representó la lectura del cuento infanto-juvenil “Nuestros muchachos” de  Alvaro Yunque, donde se evidencian en los protagonistas algunos prejuicios lindantes con el antisemitismo y la pseudo-democracia. Se ejemplifica cómo a los militares no les interesaba mostrar lo que el autor permitía desmontar a través de los personajes infantiles de la trama, ya que podía ser problematizado por los lectores por sus actitudes contrarias a las imposiciones y arbitrariedades del poder militar, por el mero hecho de mostrar a dos adolescentes que no aceptan el mandato de sus superiores. Cabe evaluar la relación de los lectores como meros recipientes cuyos contenidos debían evitar todo tipo de situación que de algún modo favoreciera o alentara el propio discernimiento crítico. En el caso del cuento los protagonistas no cuadran con sus actitudes el esquema de comportamiento que los militares buscan reproducir, el libro es publicado en 1976 y si bien el autor no estaba involucrado con temas de militancia política, lo que se prohíbe es la obra.
Es interesante tomar nota de las consecuencias que ciertos autores sufrieron cuando fueron notificados que sus libros iban a ser censurados y prohibidos, en esos casos las resoluciones militares han perjudicado el contexto de relaciones de los autores con su entorno familiar y social (distancias, sospechas, silencios, indiferencias, etc.), mientras que por otra parte hubo autores que ofrecieron otro tipo de resistencia mediante sus trabajos, algunos directamente mostrando realidades contrarias a las impuestas por el poder militar y otros metaforizando aspectos de la misma para buscar complicidades con lectores avezados (quisiera aportar un ejemplo paralelo que tal vez no corresponda pero que de algún modo se relaciona, quien suscribe recuerda las pinturas de Giuseppe Arcimboldo (1527- 1593) cuyas imágenes aparentemente triviales con rostros representados a partir de flores, frutas, plantas y objetos ofrecían una lectura cínica y burlona de la sociedad, este autor fue acusado de cortesano y bufón de la pintura, cuando en realidad fue un hombre culto que vivió la transición del Renacimiento al Manierismo, los cuadros que pintó fueron celebrados precisamente porque no fueron entendidos, causaban risa entre el público cuando en realidad representaban un espejo de la sociedad banal, una lectura mordaz que no pudo ser comprendida en su época y que fue redescubierta siglos más tarde por los surrealistas, de su pintura Eduardo Galeano escribiría lo siguiente “Arcimboldo se dio el lujo de cometer mortales pecados de idolatría, exaltando la comunión humana con la naturaleza exuberante y loca, y pintó retratos que decían ser juegos inofensivos pero eran burlas feroces…”)
Volviendo al curso la lectura que incomoda en la dictadura es entre otras cosas aquella cuya trama revela cuestiones que no deben mostrarse, todo lo que implique un cuestionamiento es motivo de sospecha y posterior prohibición. En algunos casos las citas o epígrafes (como las de Yunque) otorgaban elementos para la censura, ya representaba desde ese inicio un condicionante para poder avanzar sobre el resto de la lectura del cuento o novela (se recuerdan algunos textos  no políticos pero cuyos autores citaron a Marx, logrando con ese único gesto la censura del material).
En este caso se trataba del deseo de los autores por querer ser leídos en esa clave, para comunicar desde la literatura lo que ocurría políticamente en el país. Algunas citas dejaban en evidencia un contexto en el cual ciertos autores adscribían sin margen de ambigüedad su posicionamiento político ideológico y  literario, textos que trascienden por su contenido aspectos sensibles de la realidad.
Por otra parte es interesante analizar cómo, en el  marco de la DSN, la mención “estamos en guerra” era utilizada como clave explicativa tanto en ciertos discursos como en documentos internos, aludiendo a la “agresión marxista internacional”, a una “guerra no convencional”, a “características excepcionales de esa guerra” que en el relato de las Fuerzas Armadas fue “impuesta por el enemigo”.
El objetivo de los militares no era la desarticulación de la guerrilla sino disciplinar a la sociedad, modificar la subjetividad, bajo la técnica de deshistorizar, mostrando imágenes que no siguen un hilo conductor que justifique las intervenciones, el porqué de su origen, nunca un análisis o entendimiento de lo que sucedía. Las clasificaciones o categorías discursivas en las portadas de los documentos eran contundentes, pero al no haber un desarrollo periodístico articulado con la investigación (no visualizar en el texto el porqué de lo anunciado) generaba un efecto acrítico en buena parte de la sociedad, reduciendo el hecho a las suposiciones y sospechas (“algo habrán hecho”).
Sobre la mención del discurso de guerra, en un suplemento “Zona” de Clarín se afirmó que los militares comenzaron a hablar recién luego del ‘83, ’84; cuando estos documentos ofrecidos por el docente demuestran sin margen de dudas que históricamente no fue así.
Algunos ejemplos:
“Había comenzado la guerra. Una guerra oblicua y diferente, una guerra primitiva en sus procedimientos pero sofisticada en su crueldad...". (Massera, 02.09.1976)
Hoy más que nunca las FF.AA. tienen la convicción plena de su victoria (…) victoria en la que, sin lugar a dudas, habrá vencedores y vencidos”. (Comandante E. E. Massera, 22.06.76)
En medio de la incredulidad de algunos, de la complicidad de otros y el estupor de muchos había comenzado la guerra”. (…) No vamos a combatir hasta la muerte, vamos a combatir hasta la victoria, esté más allá o más acá de la muerte”. (Comandante E. E. Massera, 02.11.76)
esto es una guerra entre los idólatras de los más diversos tipos de totalitarismo y los que creemos en las democracias pluralistas… (Comandante E. E. Massera, 02.11.76)
Aquí han pasado cosas: hemos vivido una guerra”. (Gral. E. R. Videla, 02.01.78)
Aquí no ha habido violación alguna de los derechos humanos. Aquí ha habido guerra”. (Gral. E. Viola 29.05.78)
"Hicimos la guerra con la doctrina en la mano, con las órdenes escritas de los comandos militares... la guerra fue conducida por la Junta militar de mi país a través de los Estados Mayores". (General Omar Riveros, 24.01.1980)
Incluso sectores de la Iglesia recurrieron a este discurso: "...esta es un lucha también por sus altares (...), en defensa de Dios. Por eso pido la protección divina en esta 'guerra sucia' en la que estamos empeñados". (Monseñor Voctorio Bonamín).
La mecánica con respecto a cómo justificar la censura de ciertos libros estaba fundamentada en la denominada “crisis de valores”, sin embargo es obvio que al censurar esos textos no se contribuye a modificar esos valores positivamente, en los años 60 hubo una necesidad de reconstruir valores mientras que en los 90 la praxis social fomentaba el individualismo, acaso meros resabios de las prácticas impuestas durante los años de la dictadura.
Otro caso emblemático ha sido Julio Cortázar, cuyos libros se prohíben estando el escritor auto-exiliado desde hace años, cabe aclarar que no es la literatura de Cortázar la que se prohíbe sino el escritor público, su posicionamiento político expresado en entrevistas, comunicados y discursos. En el caso del libro analizado “Alguien anda por ahí” trata sin ningún tipo de elemento fantástico el tema de una desaparición, una persona que va a hacer un trámite y no sale por el pasillo por donde entró, apenas advertido por un testigo casual, en este caso lo extraliterario es lo que realmente está pasando en el país, alguien desaparece, en ese entrecruzamiento y tensión entre literatura y política Cortázar lo resuelve buscando articular los sucesos contemporáneos con la literatura, en el libro hay un “nosotros” que sabe todo lo que va a pasar, un nosotros omnipresente, jerárquico, superior, leído en ese contexto lo de  Cortázar problematiza la realidad que los militares no quieren que se vea.
Finalmente uno de los últimos textos analizados, el libro “Proteo”, de Morris West, ofrece otra variable; una denuncia a las multinacionales que apoyaron la dictadura, se registra como este material es denunciado por el presidente del JNG (Junta Nacional de Granos) alertando al ministro Harguindeguy sobre su contenido, lo que derivó en el posterior ordenamiento de prohibición (edicto de la SIDE 94912/80), acaso una muestra más de las diferentes colaboraciones y delaciones con las que contó el poder militar en ese proceso (salvando las distancias podríamos agregar en este contexto las series televisivas tendientes a idealizar un tipo de sociedad como también el conjunto de películas argentinas donde era frecuente una bajada de línea en cuanto a las actividades del ejército, incluyendo los programas televisivos donde solían mencionarse “virtudes” del aparato oficialista).
Como se puede advertir, es muy interesante lo que logra Edgardo Vannucchi  con este curso introductorio, ya que permite desmontar, mediante el análisis y la lectura de obras literarias, ciertos aspectos llevados a cabo por quienes pretendieron instrumentar un control represivo a escalas inimaginables para aquellos que padecieron la censura y prohibición, en muchos casos ligados invariablemente con desapariciones, torturas y asesinatos.
(Des)enterrar un libro es de algún modo revisar un pasado que los militares no pudieron arrebatar de la memoria colectiva -aquella poética de la resistencia enarbolada por utopías- cuyos documentos, desde el retorno de la democracia, han vuelto a ocupar los estantes de las bibliotecas. En todo ese tiempo las palabras han quedado intactas, y permiten cultivar nuevas lecturas, como las compartidas en este taller.
La imagen de los libros quemados nos permite retrotraernos a un contexto, pero sobre todo a valorar ciertas resistencias, en tal sentido, la mesa disponible en el pasillo del centro cultural con el listado de libros prohibidos, nos invita a pensar el porqué de un país que no fue, cómo fue posible que esto sucediera, y en consecuencia pensar para no olvidar, o como diría Juan Gelman en un poema, “No te olvides de olvidar el olvido...”
Nota:
Cabe señalar que estos apuntes representan apenas una pequeña parte de lo registrado en el curso, en un total de 4 clases de 3 horas reloj cada una, en tal sentido muchísimas reflexiones del profesor no pudieron ser incluidas en este texto, incluyendo los breves debates suscitados con el resto de los alumnos, contenidos valiosos cuyo discernimiento exceden el alcance de este espacio colaborativo.
Asimismo los documentos que se agregan en la bibliografía –entre otros textos y fuentes literarias trabajadas en el curso– permiten la contextualización y una primera aproximación a la temática. La intención de los apuntes es que los lectores vayan descubriendo nuevas lecturas críticas, para lo cual se recomienda especialmente la asistencia y participación en los sucesivos Talleres que el autor brindará sobre la temática.
Agradezco al profesor Edgardo Vannucchi no solo por el curso compartido en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti entre septiembre y octubre de 2015 (de acceso libre y gratuito), sino también por la generosidad en corregir los apuntes que se publican en este espacio, sin los cuales no hubiera sido posible un cabal entendimiento de las reflexiones orales que se transcribieron en cada clase, personalmente recomiendo el destacado nivel e importancia de los contenidos ofrecidos por el docente.

Bibliografía:
Avellaneda, Andrés. Censura, autoritarismo y cultura. Argentina 1960-1983/1.  Bs. As. CEAL. 1986.
Invernizzi, Hernán - Gociol, Judith: Un golpe a los libros. Represión a la cultura durante la última dictadura militar. EUDEBA. 2002
Gociol, Judith: “La desaparición de personas tenía que corresponderse con la desaparición de los símbolos culturales”. Entrevista a Judith Gociol en Revista Tesis 11. Marzo-Abril de 2007.
A título personal, consulté estos documentos:
Alzugarat, Alfredo. Trincheras de papel: Dictadura y literatura carcelaria en Uruguay". Trilce, 2007.

Delgado, Verónica - Merbilháa, Margarita - Príncipi, Ana - Rogers, Geraldine: “Censura cultural y dictadura”. Disponible en: http://comisionporlamemoria.org/bibliografia_web/ejes/cultura_delgado.pdf

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