Espacio que pretende resguardar voces y conocimientos desde el abordaje de la
bibliotecología. Documentación de archivos orales sobre el patrimonio cultural intangible
conservado en la memoria de los libros vivientes. Entrevistas a bibliotecarios sobre el rol social
de la profesión. Reflexiones en torno a la bibliotecología indígena y comunitaria.

viernes, 10 de agosto de 2018

Cuando una radio indígena se apaga en silencio

Biblioteca Indígena Sisa Jan Inakt'tiri (Flor inquieta)
Siempre consideré que un elemento esencial en el espacio de una biblioteca indígena, es contar con una radio local, para que las informaciones originadas en el contexto radiofónico generen un circuito de producción documental a ser resguardo en la biblioteca, el abanico informativo es amplio, pensemos a modo de ejemplo lo que implica la realización de un debate radial sobre problemática de tierras en comunidades indígenas, en el que un representante de un pueblo originario pueda discutir al aire con un funcionario público, un referente de un organismo indigenista y un abogado especialista en dicha temática, todo lo que resulte de esa conversación es un documento oral que, editado desde la biblioteca, constituye información, datos y testimonios a ser registrados para eventuales consultas, lo expresado en el programa puede resultar concerniente tanto para los vecinos de la comunidad como para los especialistas interesados en el tema, porque es un hecho que el testimonio, desde el entendimiento del plano periodístico, es información que se puede citar, refutar, discutir, tanto para avalar o sostener posturas como para utilizarla desde la inexactitud de lo expresado, y allí radica su valor, información que se transforma en documento, lo que convierte a la biblioteca en un espacio dinámico, profundamente orgánico, endógeno y representativo.

Esta situación nos lleva a plantear el rol del bibliotecario-periodista, vinculado con la comunidad, en donde tendrá la responsabilidad de representar con conceptos los entendimientos debatidos en el recinto, acordados y consensuados con los protagonistas. Mención aparte si consideramos en el catálogo de una biblioteca indígena el criterio de un registro arborescente, que permita al usuario relacionar otros documentos relativos a la problemática, en este caso con situaciones puntuales de litigio de tierras, productividad, conflictos, reclamos y conceptos jurídicos tal como los entienden desde las comunidades.

Imaginemos entonces la infinidad de situaciones y entendimientos que se generan en este tipo de espacios, junto con lo que  implica compartir noticias locales en los propios códigos culturales y lingüísticos, otorgar una voz a quienes históricamente no tuvieron posibilidad de expresarla públicamente en los medios, cuando justamente las mismas comunidades indígenas son las que desde el fondo de los tiempos hicieron de la oralidad y la memoria un rasgo característico de su cultura.

Este enfoque que comparto surge luego de haber corrobado, en un reciente viaje a Jujuy, que la radio Luna Azul 97.7 Humahuaca ha dejado de transmitir desde marzo de 2017, por el costo energético que supone el mantenimiento de una emisora, pero sobre todo porque se trataba de una radio no comercial, que no aceptaba restricciones en su programación, razón por la cual los llevó a perder ingresos por pautas publicitarias, y si bien cuesta aceptar la cabina vacía de esta radio jujeña, cuyo silencio es lo más parecido a una muerte cultural, lo que convierte todo esto en una inmensa posibilidad perdida para el pequeño universo de la bibliotecología indígena, es que dicho espacio constituía un elemento fundamental de la biblioteca indígena Sisa Jan Inakt'tiri (Flor inquieta), espacios que se retroalimentaban tomando como eje las problemáticas barriales en directa vinculación con la culturas originarias del norte argentino, es posible afirmar que esta experiencia humahuaqueña era de las pocas en el mundo en el que una biblioteca indígena contaba con su propia radio para desarrollar e interpelar su acervo bibliográfico.

Hay cuestiones que no podemos dejar de discutir, que un funcionario público otorgue una licencia radial no implica colocar una mordaza al locutor para que este diga lo que el otro quiere escuchar, la radio no es complaciente con el poder de turno, es inevitable el disenso porque la realidad siempre es compleja, por lo visto Sergio Daniel González –responsable de ambos espacios– no se ha callado y lo pagó de la peor manera, teniendo que desconectar el micrófono por temor a que sus equipos fueran confiscados, ya pasó con Sixto Zuleta Toqo con su canal de televisión, Indio Omaguaca, ahora pasa con Luna azul 97.7, justamente Flor inquieta se caracterizó por auspiciar todo tipo de evento que incluyera el saber originario, y la radio era uno de sus espacios fundamentales para asegurar que buena parte de los paisanos se enteren de lo que pasa entre estos cerros, silenciar un medio de comunicación es denegar un derecho, el mensaje instala un patrón absolutamente defenestrable: el aceptar con resignación que no es posible el pensamiento crítico, ya que invariablemente dicho ejercicio puede (y debe) afectar intereses, tanto con los empresarios que sostienen la publicidad como con el gobierno de turno –que en teoría debería garantizar la libre comunicación– lo que terminamos escuchando, lo que la audiencia termina escuchando, es una tergiversación de la realidad que los mismos usuarios comprueban inequívocamente al salir de sus casas, son conscientes que les mienten en la cara, y sin la radio, no tienen elementos para defender sus razones como ciudadanos supuestamente libres.
Para quienes tuvieron la posibilidad de escuchar contenidos de Luna Azul en Internet, notarán que el espacio crítico era muy valorado en el barrio, realmente se debatían al aire temas que hacían a las problemáticas diarias de la comunidad, por su enfoque y compromiso esta emisora ha sido visitada por representantes de Bolivia, Ecuador, Chile, discerniendo sobre temas relativos a culturas originarias, desde donde se discutieron situaciones políticas, ambientales, educativas, ecológicas, laborales, sanitarias, todo aquel que quisiera presentar un libro, recitar cuentos, promocionar discos nativos, hacer una denuncia o promover cuestiones artísticas podía hacerlo en la 97.7, allí se presentaron caciques, copleros, músicos, pintores, poniendo énfasis en lo local y comunitario, un verdadero espacio intercultural en un medio de comunicación alternativo.
                                                                                Radio Luna Azul 97.7

En una reciente conversación telefónica con Sergio, conocido también como Ser Jatún Inti (gran sol en quechua), llegó a decir que muchos líderes comunitarios indígenas no valoran el potencial que tienen los medios de comunicación como herramienta de lucha, y si una radio se apaga, si un canal de televisión desaparece, lo que tenemos por delante es impunidad y resignación, por lo tanto como profesionales de la información no podemos menos que lamentarnos de este panorama, al sacar una voz del aire, de alguna manera te están diciendo que tenés que escuchar, y eso en una comunidad con otros patrones culturales no solo representa una involución social bajo una absoluta falta de equidad, sino que instala el prolegómeno de un vacío cultural, porque no valoramos lo que poseemos desde otras formas de conocimiento, para los paisanos es una posibilidad truncada de poder acceder a una verdad compartida, la que ellos conocen, sin intermediarios políticos que interpretan desde la ignorancia, manipulación o conveniencia lo que no quieren que otros sepan, es entonces que nos seguimos preguntamos porque molesta una radio indígena, porqué incomoda una radio campesina, y porqué, en medios de alcance masivos, donde no existen restricciones para opinar de lo que sea, haya locutores que se preguntan el para qué de una radio comunitaria, justificando su inhabilitación por el tamaño y situación de sus audiencias, es como cerrar una escuela por el simple hecho de contar con un solo alumno, claramente representa una forma de entendimiento que escapa a la comprensión de quienes confunden servicios sociales con negocios especulativos, es algo más que una inversión y un derecho, pero todo indica que desde las altas esferas del poder político-económico-empresarial vean esta situación (sin reconocerlo públicamente) como una forma de coacción, donde inevitablemente perjudicarán a las minorías en sus derechos y en sus desarrollos.
Se trata de una mesa social inclinada, un permanente desbalanceo, y es aquí donde aparece el concepto de resistencia, en todos los planos informativos se supone que si alguien tiene algo importante para decir, de algún modo aparecerán nuevas formas y nuevos lugares donde decirlo, pero esa idea solo funciona bajo un contexto económico favorable, ya que toda palabra es política cuando de medios de comunicación se trata, y más si la palabra incomoda a quienes supuestamente deben garantizar su libre circulación, es cierto entonces que hay muchos medios, y que si una radio cierra existe la opción de abrirla en forma clandestina en otro espacio, pero cuando hay que pagar la luz a fin de mes sin contar con una pauta publicitaria, esa idea se reduce a cenizas, a palabras vanas sin sustento, una cosa es hacer un trabajo a pulmón, sin ningún tipo de beneficio económico, otra muy distinta es correr el riesgo de perder los equipos para siempre, por mero decreto o resolución por parte del Estado.

Entonces allí no hay modo de entender esa correlación que indica que si es importante lo que tenemos para decir se abrirán nuevas formas para poder decirlo, con las comunidades no funciona ese criterio, y lo que se pierde es una forma de conocimiento que corre riesgo de desaparecer, vaya paradoja, ya que estamos hablando de derechos en medios de comunicación que el propio Estado se encarga de mantener desnivelado, allí también se instalan dispositivos que permean la realidad alejándola de su criterio de verdad, volvamos a preguntarnos porque tenemos que aceptar que las radios indígenas y campesinas no posean sus propias líneas editoriales, y que desde sus informes habiliten un espacio de discusión para mostrarles a sus audiencias que otra realidad es posible, que los paisanos se merecen estar informados, que pueden optar, decidir y elegir sin otra acción que la propia voluntad, es por eso que lamento mucho que el proyecto de Luna Azul no tenga por el momento otro destino que el silencio, bastante silencio hay en esos cerros, como para que los paisanos tengan que callar lo que piensan, ojalá evolucionemos como país y nos permitamos una pluralidad de voces cuya ausencia no se extienda indefinidamente hacia el olvido, nos enriquecería como sociedad, habría mucha más información, lo que llevaría a contar con más ciudadanos informados, y la información en contextos rurales puede no solo instalar legítimamente el criterio de igualdad de derecho, sino también mejorar la calidad de vida de los más desfavorecidos, construir puentes de entendimiento, alimentar nuestra identidad cultural.

Esto también tiene relación con lo que alguna vez dijo Carlos Martínez Sarasola, en relación a la patria naciente que excluía en su visión a los pueblos originarios, solo que me permito para esta ocasión modificar el verbo: el país que no es.

Comunicación personal con Sergio Daniel González, responsable de la Biblioteca Sisa Jan Inakt'tiri (Flor Inquieta) y radio Luna Azul en Humahuaca.

Versión para El Orejiverde:
http://www.elorejiverde.com/el-don-de-la-palabra/4421-cuando-una-radio-indigena-se-apaga

miércoles, 1 de agosto de 2018

Sobre la necesidad de una conciencia política indígena


Recientemente Sergio Daniel González, un referente de la cultura colla, mencionó sobre la incidencia de los medios de comunicación en comunidades indígenas, en este caso puntual relacionadas con el norte andino, aunque incluyendo la problemática que particularmente se visibiliza en la región mapuche bajo el entendimiento de los “terroristas indios”.

Es para analizar lo acalorado del debate en torno al artículo, se podrá o no estar de acuerdo pero no deja de ser cierto que el tono es comulgado por buena parte de los paisanos que desde hace años luchan por sus derechos. Son invisibles, pero toman conciencia del contexto históricamente desfavorable, y cuando las circunstancias lo permiten, lo difunden en los escasos medios de comunicación (radios indígenas, contextos rurales) que tienen a su alcance.

El profesor Sergio Daniel González (cuyo nombre originario es Ser Jatun Inti) critica no solo a los referentes periodísticos de los medios hegemónicos sino también a los paisanos que optaron por asumir una posición pasiva, sin participar de los debates, en este punto hay algo interesante, y que tiene que ver con los dispositivos que se instalan a nivel social: la noción de “verdad” que muchos originarios (como también no indígenas) aceptan sin cuestionar la fuente, sin ir a los orígenes de los hechos, sin contextualizar los hilos que la historia va tejiendo en el entramado de cada noticia, cuya difusión tiene relación con intereses políticos y económicos, es allí donde los medios locales no alcanzan para contrarrestar lo que sobre ellos se afirma, para Ser Jatun Inti es deseable cumplir dos objetivos: concientizar y despertar conciencias en los demás, para de este modo generar un capital que permita a las comunidades auto-sustentarse.

Estos conceptos tienen relación con la dignidad, con la libre expresión, con la participación comunitaria, y es desde esa postura que el profesor González considera necesario la creación de un partido indígena, que cuente con sus propios medios de comunicación, es ese paisano el que podrá tener un control de su destino, discusiones que cada vez más, serán inevitables sostener.

En tal sentido desde El Orejiverde se recuerdan los casos de “Indio Canal 13 Televisión Omaguaca” ubicado en la Quebrada de Humahuaca, Jujuy, un canal de televisión indígena argentino, que fue llevado adelante en forma irregular por el legendario Sixto Zuleta Toqo, cuyo espacio no ha contado con el permiso del entonces Comité Federal de Radiodifusión, mientras que desde la cultura mapuche se encuentra el reciente caso del  Canal Mapuche Walkintun TV, ubicado en San Carlos de Bariloche, Provincia de Río Negro, difundiendo noticias bajo un criterio de comunicación intercultural.

Asimismo en el contexto latinoamericano existen variadas iniciativas, acaso una de las primeras corresponde a Colombia, donde se registró la experiencia del proyecto Kankuama TV, un canal de televisión étnico, ubicado dentro de un resguardo indígena Kankuamo, cuyos inicios se remontan al año 2005, con un taller sobre videos documentales de la etnia, que motivó a sus colaboradores a elaborar la propuesta de un canal local.

Como notará el lector, se trata de un camino que desde el punto de vista de la comunicación oral no tiene principio ni fin, sino que va cambiando de forma, sin embargo algo prevalece en esos destinos, y es la ausencia de equidad a la hora de expresar lo que las comunidades esperan escuchar: contenidos de sus realidades en sus propias lenguas.

Fuente:
Poder, cacería, medios y medio / Sergio Daniel González
Radio Luna Azul 97.7 Humahuaca

Fuentes secundarias:
Gra Scorzo
Entrevista a Sixto Vazquez Zuleta Toqo

La televisión indígena. XI Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Departamento de Historia. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Tucumán, San Miguel de Tucumán, 2007.

Televisión étnica: el ejemplo colombiano del proyecto Kankuama TV

Kankuama TV
http://kankuamatv.blogspot.com/

Versión para El Orejiverde:
http://www.elorejiverde.com/toda-la-tierra-es-una-sola-alma/4377-el-entramado-de-cada-noticia

miércoles, 11 de julio de 2018

Sobre los dispositivos



He aquí el prolegómeno de una eventual articulación interdisciplinaria, o cómo una lectura permite desmalezar ciertos entendimientos, en este caso propios del plano filosófico, que necesariamente alumbran nuevas consideraciones a ser aplicadas en el espacio profesional de la bibliotecología.

Según lo entendió Foucault, el dispositivo es una máquina que produce subjetivaciones en cuerpos dóciles pero “libres”, que asumen su identidad y su “libertad” en el proceso mismo de sometimiento.
Pienso si como bibliotecarios no estamos condicionados por ciertos dispositivos (relativos a la normalización catalográfica, redacción de protocolos, establecimiento de normativas, aprobación de políticas), que nos alejan en alguna medida del entendimiento global y pragmático de la praxis bibliotecaria, incluso es para analizar con cuidado, cómo, en ciertos espacios laborales, estandarizar es cuestión de interpretación o de criterio, que no haya relación entre contenido y signatura topográfica (cuando la clasificación no representa con exactitud lo que un documento abarca), o que existan conceptos que no encuentran lugar en una clasificación, y que basta una leve consulta en catálogos colectivos para darnos cuenta que no todos definen del mismo modo determinado tipo de documento (mención aparte si tenemos que analizar los mapas, considerando que ciertos símbolos cartográficos no encuentran descripciones homologadas en las principales mapotecas del país), será por tal motivo que me resultan atractivas las bibliotecas especializadas, carcelarias o comunitarias, porque de algún modo plantean un escenario en el que todo está por hacerse, corriendo el riesgo de instalar correspondencias con ausencia de normativas, situación más que evidente en comunidades indígenas y campesinas.

En el medio de todas estas disyuntivas hay un contexto social que nos interpela, y aquí tal vez el dilema tenga un carácter existencialista, si es que somos conscientes que un determinado número de personas viven anestesiadas manipulando un control remoto delante de una pantalla, en ese caso no podríamos (no deberíamos) evitar una profunda autocrítica de nuestro devenir profesional para lograr que ese usuario invierta su tiempo de otra manera, articulando otros entendimientos, favoreciendo nuevos aprendizajes o destrezas. De alguna manera esta situación se percibe en el contexto del consumismo, en el que llega un punto en que ciertas personas, posicionándose fuera del centro neurálgico donde ocurre este fenómeno, asumen que nunca tendrán suficiente de las cosas que en realidad no quieren tener, esa idea de creernos que nos sentiremos completos si adquirimos la novedad y desechamos lo que hasta el día anterior nos era útil.

Entonces cuando me encuentro con este pequeño texto de Giorgio Agamben, titulado “Qué es un dispositivo”, pienso que nuestra profesión debería desarrollar acciones concretas, de carácter constructivista y con apoyo interdisciplinario, que vincule la participación de los usuarios (acaso un ejemplo ya lejano aunque no poco considerado, las folksonomías) para desde allí concebir un contra-dispositivo que habilite el entendimiento de un nuevo paradigma profesional.

Son solo ideas, pero considero que los escenarios deben renovarse, de allí al debate hay un trecho, y de los conceptos a las prácticas probablemente una distancia menor. Estoy tratando de comprenderlo simplemente.

Según lo ilustra Agamben, se entiende por profano aquello que siendo sagrado o religioso, es restituido al uso y a la propiedad de los hombres, en este sentido la religión es vista como algo que sustrae cosas al uso común y las transfiere a una esfera separada, con lo cual se comprende que la religión produce una separación y que el dispositivo exige una profanación que permita restituir al uso común lo que el sacrificio (la idea de sumisión) había separado.

Esa suerte de no verdad del sujeto ya no tiene que ver con su verdad, el que se deja capturar por un dispositivo no adquiere una nueva subjetividad, sino un número a través del cual es controlado, salvando las distancias, si como bibliotecarios nos dejamos capturar por dispositivos no tendremos nuevos elementos para estar alertas a los cambios sociales o a las demandas culturales de la sociedad a la cual debemos brindar un servicio.

El problema de la profanación de los dispositivos es cada vez más urgente (restituir al uso común lo que ha sido capturado y separado de ello), esta máquina atraviesa muchos planos, el mayor de ellos ligado al poder que implica gestionar información, desde el cual se despliegan las consecuentes relaciones de fuerza: política, eclesiástica, jurídica, sanitaria, tecnológica...en algún punto, las bibliotecas cuentan con elementos para articular estar urgencias, pero advertir esta situación requiere del auxilio interdisciplinario.

Siguiendo con el contexto teológico, el autor advierte la evidencia en cuanto a la capacidad de la iglesia de leer los signos de los tiempos, que llevaron a muchos creyentes a sentirse incluidos en una deliberada economía de la salvación. Ciertamente hay un momento de la historia de la iglesia católica (estimado entre los siglos II y VI) en que un concepto griego jugó un papel decisivo en la teología, se trata del término oikonomía, que reconoce la administración del oikos, casa, y más en general, la gestión. Tal como lo concibió Aristóteles, no se trató de un paradigma epistémico, sino de una praxis, la necesidad que tuvieron los padres de la iglesia de introducir en el entendimiento teológico la idea de una “economía divina” o “economía de la salvación”, la teoría que tenía por objetivo convencer a propios y extraños sobre la necesidad de creer en un dios indivisible que confía la administración de su casa a Cristo, lo cual lleva a gobernar la historia de los hombres a través de la redención y la salvación eterna, así con el tiempo los teólogos se acostumbraron a introducir en la fe cristiana la oikonomía como un dispositivo a través del cual el dogma de la trinidad, establecido fuera del contexto en el cual surgieron los hechos, permitió a las instituciones (a través de un conjunto de saberes y medidas) el poder gestionar, gobernar, controlar y orientar en un sentido que se pretende útil, los comportamientos, los gestos y los pensamientos de los hombres.

La idea de control aparece simbolizada en el supuesto acto de la libre elección (ocurre con el control remoto de la televisión, con los circuitos comerciales y publicitarios de los shoppings, con las noticias periodísticas, que alcanzan otra dimensión si incluimos el fenómeno de la posverdad y la desinformación planificada), creemos elegir pero somos controlados por una esfera inmensa en la que estamos acorrolados creyendo tomar decisiones, y en muchas ocasiones la comodidad y el no involucrarse es lo que nos hace dóciles al sistema, no lo cuestionamos ni lo objetamos, nos marca el camino que en el fondo no sabemos –porque no nos hemos detenido a cuestionarlo– si realmente lo queremos transitar, si “elegir” resulta partede una genuina demanda.

Atravesando planos en espiral

Intento ahora acercar un ejercicio literario, recordando que el dispositivo es una máquina que produce subjetivaciones, en los considerados “géneros menores” el sujeto de la enunciación, según Deleuze, está ausente, lo que existe es un dispositivo de enunciación anónimo y colectivo, que es como decir una apropiación, lo que concierne a lo propio (externamente asumido como lo “folclórico”) para desde allí oponerse a lo hegemónico, tal dispositivo no es impuesto, funciona como un contramodelo para escenificar un sentido identitario, una pertenencia cuya literatura modifica y permea entre otras cosas las expresiones, los signos y la lengua.

Según Josefina Ludmer permanentemente hay préstamos e intercambios entre lo que se entendió como estratos separados dentro de la literatura (literatura culta y literatura popular), el problema no ha sido la bifurcación que pueda darse sino en cómo se transforma el material popular al ser incorporado, trabajado y recontextualizado por la otra cultura. Cuando la autora afirma que la diferencia que podría trazarse entre la llamada literatura culta y la literatura de masas es que esta última utilizaría uno, o a lo sumo dos, géneros en su textualidad, en cambio la culta se caracterizaría por hacer un uso excesivo y mezclado de géneros, enfrentándolos entre sí, de algún modo la literatura instala un dispositivo basado en postulados críticos que deja afuera en sus  márgenes u orillas acaso “intelectuales”– una lista de géneros bajo escalas valorativas, cuyas publicaciones no merecerían la consideración lectora (crítica que busca impactar en los lectores la correspondencia de alguna tendencia, dejando afuera a un amplio sector que supuestamente “no entendería”), salvo como elementos para instalar un debate social en torno al contexto del género, adquiriendo acaso con pretendida naturalidad, un gesto condescendiente que ni siquiera es genuino, pero que incide en el análisis y en el establecimiento de un cánon.

¿Tal vez tenga que ver que lo que muchos consideran “géneros menores” (como las conversaciones, cartas, biografías, diarios, crónicas de viajes o textos en blogs) incorporen a la literatura temas discursivos del mundo cotidiano alejados de lo “literario”?, probablemente como bibliotecarios no podemos prescindir de dicha multiplicidad discursiva, y es menester establecer vinculaciones, ampliando la arborescencia de los registros (crucial tarea), relacionando textos con identidades, documentos con disciplinas, construcciones sociales con saberes autóctonos.

Cuando un género menor (como podría ser para algunos críticos la literatura gauchesca) debate que lugar ocupa el personaje conceptual dentro de un contexto político y social, lo que de alguna manera se plantea es un contra-dispositivo que pretende ilustrar a los lectores sobre el papel social literaturizado que juegan los personajes literarios, para que desde ese lugar sea posible desplazar los límites que pretenden confinar lo popular o folclórico a un mero género frecuentemente etiquetado con ligereza, contenidos que favorecen contextos a ser debatidos bajo una evidente y manifiesta superioridad intelectual. Para Ludmer el género gauchesco ha politizado la cultura popular, y esa politización de la cultura de masas es una de las características de la cultura Argentina.

Para esta destacada docente la autobiografía popular (como se registra por ejemplo en el Martín Fierro) es un tipo de autobiografía que cuenta las prácticas de resistencia frente al poder y la autoridad, aquí también tenemos los elementos de análisis que hacen a un dispositivo cuyo objeto es insertar tonos, matices y subjetivaciones con el fin de generar apropiaciones (como oposición a lo hegemónico), en este caso el dispositivo se advierte desde la literatura y atraviesa el contexto de la comprensión lectora, sin poder afirmar si dicha práctica ha sido deliberadamente concebida como dispositivo o mero instrumento de debate.

Creo en lo que alguna vez leí, que como bibliotecarios debemos desconfiar de la evidencia, la bibliotecología es una de las disciplinas que deberían interpelar lo que se torna visible en ciertos contextos, frecuentemente atravesados por la información, debemos ser conscientes de los dispositivos como también de los eventuales contra-dispositivos, que solo serán posibles si se advierte antes la naturaleza de los primeros. Se trata de habilitar discusiones que nos otorguen la posibilidad de una lectura más amplia de lo que sucede –o pueda generarse– en nuestras bibliotecas.

Vayan las disculpas por estos textos seguramente mal interpretados, aún así me ha parecido necesario compartirlo y quien sabe, esperar devoluciones mucho más sólidas y claras.

Fuente:

Que es un dispositivo / Giorgio Agamben. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2016

Un género es siempre un debate social. Entrevista a Josefina Ludmer. En: Lecturas críticas. Año II, no. 2, marzo de 1984, p. 46-51.

Nota: la imagen pertenece al sitio Pixabay https://pixabay.com/es/

jueves, 28 de junio de 2018

Alba Kobs, la mítica partera de Taruma


Alba Kobs aprendió el oficio de partera de su abuela Ceferina (nacida en Polonia, mujer guapa y corajuda según la recuerda su nieta), tratando casos de urgencia en medio del monte, prácticamente sin condiciones higiénicas adecuadas, sin instrumental apropiado, aún así Alba hizo igual su trabajo, en medio de la oscuridad, con lámparas precarias, yendo a caballo (se llamaba partero), donde no importaba el frío, ni las lluvias, ni el viento, esta mujer llegaba a los ranchos para atender en muchos casos alumbramientos en estados críticos, de todos los nacimientos que tuvo (calcula más de 1000) muy pocos fallecieron (en donde las causas la excedieron, como el frío y la falta de alimentos), por tal motivo es posible decir que todos los niños que nacieron en las comunidades de Taruma (localidad paraguaya ubicada en el departamento de Itapua o “Punta de Piedra”, conocido como el granero de Paraguay) fueron salvados por la vocación de servicio de esta madre de la tierra.

Y lo que cuenta Alba es difícil imaginarlo, cómo una mujer sola en medio del campo, contando con apenas hilo de madeja –que se tejía para atar el cordón umbilical– una gillete que limpiaba en un vaso con alcohol y una vela para quemar y cortar el cordón, se las arreglaba para traer hijos al mundo. Con los años, su hijo Antonio le consiguió una “linterna con 8 pilas” para poder continuar con su misión en la vida, y en muchos casos recuerda la vergüenza que las mujeres campesinas tenían de ser observadas mientras pujaban.

Entre los recuerdos rescata uno guardado para siempre en la memoria, cuando le tocó ser partera de una criatura prematura (7 meses de gestación) que apenas se movía, pero que salvó quitándole la leche de la madre con una cuchara, y dándole con un goteador la leche materna, así, de a gotas y por muchos días, lo alimentó hasta salvarlo, lo que habla de un firme compromiso con la asistencia sanitaria. Finalmente después de 15 días el bebé pudo mamar de la madre, con los años ese bebe se hizo hombre, se casó y tuvo una hija, como muchos nació en un rancho, entremedio de trapos mojados, sin incubadora, pero gracias a Alba tuvo un destino que cumplir, una vida que vivir.

Como tantos otros inmigrantes, esta partera (y también curandera según lo afirma su sobrina Liliana) llegó a Paraguay en barco, teniendo por morada un lugar que lleva el nombre de un  árbol característico de la zona, el Taruma (especie frutal, con propiedades medicinales, cuya posible traducción al guaraní es “Fruta de los padres de la aldea”, según lo que se entiende de los vocablos ta, “pueblo, aldea”, ru, “padre”, e îvá “fruto”), árboles de los que quedan pocos ejemplares, uno de ellos precisamente en la casa de Alba, y que forman parte de la literatura paraguaya, de hecho el gran Roa Bastos, que lo consideró un árbol mágico, lo nombra en uno de sus cuentos (del Trueno entre las hojas), en donde un profesor que vivía en el campo  ingresaba por las noches en las entrañas del tarumá y que cada mañana volvía a nacer.

Como campesinos que fueron, los familiares de Alba vivieron de la cosecha, sobre todo algodón y caña de azúcar, supieron convivir con los guaraníes, de quienes Alba conoció parte de su historia, a pesar de ser pocos, dice que estaban desparramados, pero que a veces hubo quienes llegaron a su casa para solicitar servicios de parto, los recuerda músicos, tocaban la guitarra, algunos participaban de entreveros, había también curanderas indígenas, una tía del marido de Alba curaba con palabras, con restos de animales, rezos, y ella también aprendió esas técnicas, y suele decir algo que tiene mucha relación con el contexto: “los que creen se curan” “los que creen se sanan”, porque de eso se trata también, el componente psicológico de la tarea de parto, el acompañamiento que Alba hizo con cada paciente. Recuerda también que otra tía suya curaba a los chicos con plumas de picaflor, hacía humos y curaba dolores de cabeza, usando palabras, y para sostener la curación también era necesaria la fe del paciente, hacerlo sentir que estaba en buenas manos.

En otros casos, cuando los chicos no podían ir de cuerpo, la partera hacía una masa con un jabón común, de color negro, y untando con aceite le masajeaba en la zona de los intestinos, era un remedio casero que hizo junto a su abuela, en donde se le sumaba una serie de fricciones realizadas en la nalga del niño o niña, con ceniza tibia, para finalmente eliminar la molestia, recetas que resultaban efectivas incluso con los dolores de estómago, ya que visitar a un doctor en medio del campo era una tarea prácticamente imposible.

Los que nacían en el monte, sin caminos marcados, no tenían recursos, entonces Alba iba a caballo, es una imagen que plantea un desamparo pero a la vez una esperanza, “ese compromiso tenés que hacerlo” le decían, “no podes hacerte esperar”, es así que esta mujer, con frío o con lluvias, igual salía en medio del campo buscando el rancho, donde todos aguardaban un nuevo nacimiento, es algo más que vocación, es pensar en el otro para que tenga una oportunidad, así falten velas, hilos o agua caliente, al final de la jornada será otro motivo más para la felicidad de esta mujer tan corajuda y guapa como su abuela.


Las prácticas ancestrales que aún perduran en comunidades indígenas

La tarea de parto siempre ha estado rodeada de significados profundos para las comunidades indígenas, en la comunidad qom de Derqui la práctica de entierro de la placenta se sigue conservando, es así que las familias de la comunidad han solicitado a los médicos del hospital de Derqui que les permitan retirar la placenta, para ser enterrada en la cercanía de un árbol o jardín, para los paisanos este ritual permite de algún modo que el recién nacido no olvide nunca de donde viene, y en esa ceremonia es la abuela la que danza alrededor de la placenta enterrada, percutiendo la tierra con un bastón, y cantando en lengua madre, incluso lo entienden como una energía espiritual que siempre acompañará al nacido.

Solo por tomar un ejemplo en el contexto latinoamericano, en México las parteras son consideradas tesoros vivos, estas mujeres, pertenecientes a diferentes etnias indígenas, se han ganado un lugar de autoridad en las comunidades y son, a la par de las personas curanderas, rezadoras, hueseras y médicas tradicionales, recursos comunitarios muy valiosos en la prestación de servicios de apoyo esenciales para la salud y la vida de las mujeres y los recién nacidos, sobre todo en regiones y áreas marginales rurales, que no cuentan con servicios gubernamentales de salud, o son escasos, de difícil acceso geográfico, que significan altos gastos económicos. Otra práctica muy recurrente en estas regiones son los baños del temazcal, un baño de vapor de origen prehispánico que se emplea durante el embarazo y el post-parto para purificar y proteger a la mujer de enfermedades, mejorar la circulación sanguínea y prepararla para el parto o bien ayudarla a recuperarse después del parto.

Históricamente las parteras han llevado confianza y ánimo a las mujeres en los procesos de embarazo,  incluyendo el parto y post-parto, es para destacar el soporte emocional que brindan durante el momento del alumbramiento, y cómo en comunidades indígenas y campesinas cobra otro valor el hecho de poder comunicarse bajo los mismos códigos lingüísticos y culturales, prestando atención domiciliar, respetando la presencia de familiares conforme el deseo de la parturienta, un contexto en el que suelen brindar un servicio esencial sin ningún tipo de ayuda por parte del Estado.

Mientras tanto, se la puede ver a Alba en su rancho, cerca del único Taruma, regando su huerta, viendo crecer lo que cultiva, del mismo modo que fueron creciendo los niños que ayudó a nacer.



Fuente:

Entrevista a Alba Kobs por parte de Amalia Vargas.
Consulta a Liliana López, notas y transcripción de audios por parte de Daniel Canosa


Árboles nativos: Citharexylum montevidense (tarumá, tarumán, espina del bañado)

Árboles: sombra, color y vida

Versión para El Orejiverde
http://www.elorejiverde.com/buen-vivir/4323-alba-kobs-la-mitica-partera-de-taruma

jueves, 21 de junio de 2018

Recuperando del olvido la cultura ferroviaria Argentina


En el año 1993, el artista plástico Patricio Larrambebere encontró un boleto de cartón de 57x30.5 mm dentro de un florero de imitación romana en la casa de su madre, fechado en noviembre de 1982.  El origen de ese boleto que luego se transformaría en la primera pieza del archivo y colección de ABTE– es Coghlan, barrio donde creció y estación que desde pequeño le despertó fascinación por el mundo ferroviario. Comienza a trabajar en la estación de tren con pinturas, hasta que en 1998 conoce a Javier Martínez Jacques, estudiante de sociología, con quien funda la Agrupación Boletos Tipo Edmondson (ABTE), centrando su práctica artística en el accionar dentro del ámbito ferroviario, el coleccionismo de boletos de cartón y la investigación, rescate y producción de la gráfica ferroviaria, los fondos abstractos de los boletos, sus colores, cambios y variaciones en la tipografía y modos de impresión.

En 2003 se incorpora el artista Ezequiel Semo, y expande las acciones hacia otros espacios específicos, incluye el vestuario, mobiliario ferroviario, archivo textil y performances con uniformes originales. En 2012 se suman los artistas visuales Gachi Rosati, Javier Barrio y Martín Guerrero, que aportan sus miradas y expanden el hacer de ABTE hacia la pintura mural, el soporte audiovisual y la gastronomía específica (una variante que popularizó el artista ferroviario Carlos Regazzoni, en donde los platos cuentan con insumos recogidos de los alrededores de las estaciones de tren, como la borrasca, pasto que crece junto a las vías, y que se impregna del gusto del fuel oil de la máquina).

Desde el 2012 se generaron distintas performances, happenings y acciones pictóricas en distintas estaciones ferroviarias, entre ellas San Andres, Jeppener, Mercedes, Cortines, Alegre, Azcuénaga, Coghlan, Oliden, Victoria y Vagues. Hasta que un año más tarde se produce y exhibe la Muestra 57 x 30.5 mm Quince años de Cultura Ferroviaria ABTE en el MAMBA (Museo de Arte Moderno de Bs As), del cual surge la publicación en libro que aquí comentamos, bajo la edición del Museo. Cabe señalar el valor editorial de la publicación, que contó con un gran archivo fotográfico, entrevistas a investigadores vinculados al ferrocarril y análisis de historiadores de arte. Se puede decir que tanto la exposición como el libro publicado son piezas diferentes pero vinculadas bajo una misma narrativa, integrando diferentes intervenciones, miradas y construcciones, plagada de acciones y de recuerdos.

A modo de contexto vale aclarar que el boleto tipo edmondson, que en nuestro país fue denominado tipo cartón, fue creado en 1839 por Thomas Edmondson, un empleado ferroviario en Inglaterra, y se utilizó en Argentina hasta 1995, cuando los ferrocarriles fueron concesionados durante la ola de privatizaciones menemistas. Con lo cual lo que la muestra pretende es reproducir un mundo que atraviesa la historia argentina y que, con la llegada de las empresas privadas, perdió muchas de sus costumbres. Acaso una de las más sensibles, fue lo que tuvo relación con el concepto “ferrocarril artesanal”, que en el caso del libro se encuentra simbolizado en los antiguos boletos, pero que en la realidad social de los obreros dejó al desnudo un contexto dramático con la pérdida del empleo.

Al respecto dice Larrambebere, citando al artesano Juan Carlos Cena: “El artesano ferroviario es la prolongación de la sensibilidad de la tracción a vapor, ese mundo de oficios antiquísimos que demandaban las viejas locomotoras: hojalateros, calderistas, herreros, fundidores. Eran “los gitanos del riel”, aquellos que se desplazaban por las líneas con sus vagones-vivienda-cocina-dormitorio, vagones-taller con sus herramientas, que estacionando en una vía secundaria, se disponían a hacer reparaciones durante un tiempo indeterminado”. Se trataban de personas sin lugar físico permanente en su horario de trabajo, ellos fueron los grandes desaparecidos de nuestros ferrocarriles, el Estado los dejó a la deriva, con lo cual lo que se perdió bajo esa idea de “ferrocarril artesanal” no fue solo el trabajo, sino, a decir del autor “la transmisión oral, el sentido de pertenencia y la vocación de servicio, pilares fundamentales de la identidad del trabajador ferroviario”.

Como dicen sus compiladores, ABTE es una agrupación de conformación móvil y orgánica, pero también una obra de arte en movimiento con quince años de desarrollo. Es un proyecto artístico sólido, que incluye investigación y praxis; reflexiones tanto históricas, como sociales y culturales con diversos medios y lenguajes de arte contemporáneo.

Se trata de un patrimonio público, simbolizado en un boleto de cartón que los aficionados recuperaron bajo la idea de museo, arte, archivo e investigación de un pasado histórico que se resiste a formar parte del olvido.

Fuentes consultadas:

ABTE. Agrupación Boletos Tipo Edmondson: quince años de cultura ferroviaria.  57x30.5 mm. Buenos Aires: Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2016.

Facebook. ABTE-agrupación boletos tipo edmondson

Flickr. ABTE-agrupación boletos tipo edmondson
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miércoles, 13 de junio de 2018

Sobre lo que no hemos podido resolver


Afirmar que los seres humanos “no estamos hechos únicamente de átomos, sino también de información. Y del mismo modo en que nuestra composición material puede verse comprometida, nuestras vidas e identidades son informacionalmente frágiles” nos traslada inequívocamente a un problema filosófico que interpela nuestra praxis profesional. La función orgánica de las bibliotecas se encuentra atravesada por contextos informacionales que son habitualmente procesados tanto lógica como autónomamente.

Según lo plantea Valentín Muro, esto no quiere decir que desde el surgimiento de la tecnología somos una especie de cyborgs todo el tiempo conectados. Al contrario, es probable que estar todo el tiempo conectados no será algo que buscaremos, sino algo que activamente trataremos de evitar. Apoyándose conceptualmente en el planteo del filósofo italiano Luciano Floridi, advierte que tenemos la particular capacidad -y deber moral- de cuidar la infoesfera (aquel entorno que habitamos todas las entidades informacionales) del mismo modo que un jardinero cuida un jardín. "[Somos] conscientes, libres, capaces de preocuparnos y hacer una diferencia", pero para eso necesitamos cambiar la forma en que pensamos a la tecnología digital. Por ejemplo, tomando la perspectiva de que cada vez más vivimos en una realidad que trata más acerca de redes que de mecanismos, de procesos y relaciones que de cosas y propiedades. No abandonamos una perspectiva por la otra, sino que la enriquecemos, porque tendemos a poner el peso en aquello con lo que podemos interactuar.

Aquí propongo un paréntesis incorporando el tratamiento de nuevos conceptos que desde hace tiempo se trabajan en el campo periodístico: las historias locales contadas en 360°, los textos  inmersivos en realidades virtuales, la sustentabilidad de los medios, big data, redes sociales,  uso de herramientas audiovisuales, drones, periodismo de datos, desinformación, uso de datos personales, visualización de datos con mapas satelitales o gráficos, y un plano atravesado por las nuevas narrativas en contextos digitales, experiencias en donde ocurren cosas, con las cuales los bibliotecarios tenemos el deber de enriquecer, desde un plano arborescente, todas las posibles articulaciones que las sociedades demandan acaso sin tener conciencia de tal necesidad.

Traslademos un pequeño ejercicio que puede tener sus raíces en la interculturalidad, o al menos en un acercamiento a dicha idea. Es lo que ocurre cuando se presencia, mediante el análisis, el traspaso de ciertos conocimientos en comunidades indígenas a través de la educación familiar, el uso de la memoria y el lenguaje materno– desde donde es posible advertir como ciertos conceptos se van nutriendo de determinados contextos temporales, y a su vez como otros términos pierden registro colectivo, desplazándose hacia nuevos entendimientos que suplen o reemplazan dicha semiótica, en esa relación con la memoria histórica las diferentes culturas indígenas no tuvieron necesidad de registrar hechos a través de la escritura, bastaba la oralidad para enlazar adscripciones identitarias de conocimientos particulares que marcaron el pulso y el devenir de las comunidades, saberes que mutaban en otras enseñanzas, técnicas que se perfeccionaban compartiendo códigos no escritos, prácticas que sustentaban el día desde donde un aprendizaje se fijaba para siempre en la memoria.

No ocurre así con las sociedades letradas que basan su relación con la memoria digital en un conglomerado de soportes cuyas intervenciones no pueden resolver, por su naturaleza y alcance, la posibilidad de preservar un pasado tan volátil como efímero, finito, absolutamente frágil. Y en este punto hay un aporte conceptual clave de Floridi, bajo la forma de un lamento, que tiene relación con antiguas prácticas culturales que lentamente, como seres humanos, fuimos perdiendo, dice el filósofo italiano:

La discusión acerca de la memoria suele estar monopolizada por la preocupación por el almacenamiento y eficiencia en su administración, "dejándose de lado la importancia de la curación respecto de lo que es significativo y, en consecuencia, de la sedimentación estable del pasado como una serie ordenada de cambios." Este constante presente, carente de sedimentación, nos hace perder la maravillosa capacidad de poner las cosas en perspectiva. Perdimos esta habilidad en apenas una generación".

Entonces la mesa conceptual queda cada vez más inclinada, manejamos más información, que invariablemente no conocemos del todo, lo que nos lleva a desconsiderar buena parte de lo que producimos, entonces no sorprende encontrar ciertos “productos” bajo la forma de artículos breves, que reiteran lo ya citado, buscando impactar en el corto plazo, para obtener, a base de ruidos, cierto rédito que prácticamente ningún lector pondrá en tela de juicio.

Si la piedra angular de todas estas construcciones fuera falsa, o carente de sustento lógico, lo que haríamos casi sin advertirlo es interpretar interpretaciones, sin un anclaje de entendimiento racional, desde donde un criterio constructivista permita proveer, con elementos sólidos, la arquitectura articulada de un saber.

Como dice Muro, tenemos mucha más información que antes, pero esta es mucho más frágil y constantemente está en peligro de ser borrada o alterada, ya sabemos que la vida útil de un CD o DVD grabado rara vez supera los diez años, mientras que paradójicamente tenemos conocimiento de un diluvio antiguo porque figura inscripto en una tabla de arcilla punzada bajo escritura cuneiforme, perpetuada con fuego en hornos de barro…hacia esa disyuntiva avanzamos sin tener idea el cómo resolverlo a futuro, mientras tanto el dilema se acumula, las construcciones se realizan desde fragmentos, y bajo las diversas formas imaginables (circulares, elípticas, planas) y en medio de todo esto es probable que ya no sepamos cuánto se ha perdido, porque es mucho lo que día a día se va creando.

Textos para la inmediatez, olvido de lo imbricado.

El autor ofrece otro aspecto crítico:
La solución, muchas veces se arriesga, es el almacenamiento en la nube que nos ahorra la preocupación. Pero mientras que en la historia el problema generalmente era decidir qué nombres guardar en papiros o placas de arcilla, en la actualidad, dado que guardamos por defecto, el principal problema es elegir qué borrar. La novedad siempre toma precedencia y el pasado, temporalmente olvidado, fácilmente puede terminar siendo reemplazado (mención aparte si tenemos que dar cuenta de la gran cantidad de películas mudas y grabaciones musicales que se perdieron, memoria fílmica que no es posible reemplazar bajo criterios contemporáneos y/o modernos).

Y por último, el componente que remite a nuestra identidad como miembros de la raza humana, con todo lo que implica en esta lectura las diferencias que nos constituyen desde la conformación de las distintas sociedades y comunidades que nos conforman:

Quizá es aquí donde la osada perspectiva metafísica de que estamos hechos de información tanto como de átomos se vuelve punzante. Si la información que remite a nuestra identidad es cada vez mayor y más frágil, y puede usarse para cambiar la forma en que nos manejamos con el mundo o incluso la forma en que nos percibimos, y a esto le sumamos una industria montada sobre la manipulación y registro de esta información, ¿qué podemos esperar que pase?

La propuesta de Floridi no es necesariamente innovadora respecto de lo que debemos tener en cuenta, pero sí es útil al momento de pensar el marco ético que debería adoptarse frente a las posibilidades de la tecnología digital frente a nuestra identidad. De este modo, cuando discutimos sobre privacidad no sólo estamos contemplando lo que pasa con nuestra información en el mundo, sino la forma frágil e imperfecta en que esta nos constituye.

El problema es tan complejo que seguramente lo trataremos más adelante.

Fuente:
Estamos hechos de información, y eso nos hace frágiles
Por: Valentín Muro
Nota:
La imagen pertenece al sitio Pixabay

miércoles, 6 de junio de 2018

La última ceremonia de Colilonko Colinao


Para Ana Llamazares y los amigos del Orejiverde

Es viernes 1 de junio, se comparte un encuentro que es a la vez una despedida, apenas puedo ver a Carlos envuelto en su poncho acaso tehuelche, no acepto su quietud y su silencio, pero está ahí, cobijado bajo un plano que siempre intentó comprender, a las 16 hs llegan las lamien (mujeres mapuche) y los hombres de la tierra con sus trajes ceremoniales, guiados bajo el mando del coordinador de los pueblos originarios del Orejiverde, Luis Eduardo Pincén (tataranieto del legendario cacique Pincén), pronto entonan un täiel (lamento sagrado que se sigue celebrando en las comunidades del sur) acompañados de un kultrún, las mujeres sostienen emotivamente el tono, que nunca decae, los hombres realzan el ruego con 4 gritos cada breves intervalos de tiempo, el tambor no cesa, el recinto tiembla, no es posible explicar lo que se manifiesta en un momento así, pero ahí está Carlos, digno destinatario de aquella ofrenda espiritual, el sabio líder envuelto en su poncho, aquel hombre que los mapuches conocen como Colilonko Colinao (Cabeza colorada / Jaguar Colorado), porque supo ganarse el honor, a través del mérito, de participar como danzante purrufe en la ceremonia del Nguillatún, la danza del Choique Purrún, el único blanco entre los paisanos.

Aquella tarde también elevaron su canto Amalia Noemí Vargas, colaboradora perteneciente a la cultura quechua, y el maestro Aguarapire Seacandiru, del linaje tupi guaraní. Muchos pusieron ofrendas que simbolizaron el viaje a un plano superior, para que el espíritu de Carlos pueda ascender sin interferencias y en paz.

No es fácil dejar de evocarte amigo, tal vez porque te quise mucho, quizás porque me supe querido, es así que un ciclo fecundo se cierra, mientras estamos en silencio juntando nuestros pedazos, para seguir camino, para seguir andando, sin perder la memoria, buscando entender lo que siempre supiste.

Es entonces que recojo algunas palabras:
Carlos Martínez Sarasola, Antropólogo, especializado en Estudios Indígenas, investigador, escritor, docente, músico, hombre-puente, creador de una revista, una fundación, un programa de radio, un portal de Internet, un diario indígena...el de la palabra equilibrada pero firme, el del conocimiento atravesado por la ética, el que tuvo las suelas de viento, el que partió con el alma intacta.

Espero no defraudarte Carlos, y que tu estrella brille siempre para consuelo nuestro.