Espacio que pretende resguardar voces y conocimientos desde el abordaje de la
bibliotecología. Documentación de archivos orales sobre el patrimonio cultural intangible
conservado en la memoria de los libros vivientes. Entrevistas a bibliotecarios sobre el rol social
de la profesión. Reflexiones en torno a la bibliotecología indígena y comunitaria.

viernes, 10 de julio de 2020

El acto de imitar a la naturaleza



En un documental que refleja la vida de Miles Davis, el genial trompetista, aparece un testimonio en donde afirma que Davis solía ir al bosque con su trompeta, tratando de imitar los sonidos de la naturaleza, si por ejemplo escuchaba un pájaro cantando, intentaba representar ese sonido con su instrumento, se trataba de un proceso de imitación y de creación original (que sobrevuela en parte la Poética de Aristóteles) que lo llevaba a componer dentro de un contexto determinado, lo mismo ocurría con el sonido del viento entre las ramas, el aroma de la lluvia, los colores de las flores, todo le era permitido representar, recuerdo que cuando escuché esto le vi absoluto sentido a ese modo de entendimiento, un verdadero acercamiento a la práctica de experimentación artística, en donde necesariamente se deja de lado la teoría académica, el no acatamiento a discernimientos comunes, el dejar de concebir a la educación como un depósito de conceptos a ser interpretados en un aula, el resultado refleja una comprensión diferente, es posible afirmar que desde el punto de vista musical Miles Davis generó nuevas aproximaciones y nuevas lecturas de la realidad.

El documento fílmico me hizo retrotraer a una experiencia compartida en la comunidad Qom de Derqui, la vez que el libro viviente Mauricio Maidana contó sobre un músico del Espinillo, en la provincia de Chaco, cuyas canciones, ejecutadas con el violín de una sola cuerda (n'viqué), lograba imitar el sonido de los diferentes pájaros del monte chaqueño, así como recrear musicalmente el tono de las conversaciones que algunas personas podían compartir bajo la sombra de un algarrobo.

Parecería que la respuesta la tenemos siempre delante nuestro, y sin embargo en variadas ocasiones, mucha gente se empeña en manifestar una copia de lo que ya ha sido descubierto, es algo que se evidencia no solo en las creaciones artísticas, también lo vemos en las aulas, en los cursos que se ofrecen por la Web, en las noticias que se comparten por redes sociales, la ciclicidad de dicho criterio recae en como nombrar lo que ya existe como si fuera novedoso.

Las expresiones propias, que conllevan tiempo y trabajo, suelen beber de ciertas orillas cuyas aguas han aportado cauces genuinos en un determinado campo profesional, a veces suelo observar ciertos planos, plausibles de ser emulados bajo adscripciones académicas, en donde resulta evidente que para algunos educadores alcanza con que los alumnos tengan una descripción externa de la caverna de Platón, otros optan por entrar siguiendo una estructura vinculada con información contextual, finalmente los hay quienes deciden aventurarse a pensar-refutar-relacionar ideas, acompañando a los estudiantes hasta dónde llega la “madriguera de los conejos”, y de allí al resplandor terrenal, discutir el porqué del circuito, la razón detrás del argumento.

Sería interesante entonces, en este ejercicio, trasladar una inquietud a nuestro campo profesional, ingresar a un depósito lleno de libros, quedarnos un largo tiempo analizando los materiales conservados en esos estantes, pensar en la información que contienen esos documentos, reflexionar sobre la construcción de conocimiento, y salir de ese recinto con la idea de cambiar las cosas, porque uno de los problemas es la ausencia de lecturas de todo aquello que forma parte de nuestro contexto laboral, porque sin abordajes específicos no es posible la articulación con las ideas, ni tener conocimiento de las eventuales demandas de los usuarios, no es viable asignar etiquetas de aquello que se desconoce, trasladado a una biblioteca, y en especial a un catálogo, aplicar este criterio implica construir artefactos con notas marginales, acervos comentados, testimonios orales, multiplicar las notas de contenido, potenciar la noción de “sociedad del conocimiento”, tender puentes allí donde hay caminos.
                                                                                             
Podríamos empezar por emular procesos creativos presentes en la naturaleza, entendimientos ilustrativos que surjan por intermedio de la observación atenta: concebir la arquitectura de un panal, registrar la circularidad de una tela de araña, imaginar la subterránea construcción de un hormiguero, advertir la curva perfecta del nido de hornero, variaciones que terminan incidiendo en una suerte de collage, tejido bajo el plano de múltiples posibilidades, en el que infinidad de temas condensarán diversidad de entendimientos, conceptos nuevos concebidos sin intermediarios, acaso un modo de corresponder la realidad con discernimientos propios, una manera probablemente genuina de no homogeneizar la capacidad de raciocinio, de pensar bajo otra lógica nuevas problematizaciones, de no alambrar el concurrido recinto del aprendizaje.

Si bajo estos métodos la información se dinamiza, el rol del agente social cobraría otros matices, tendría el mismo valor de quienes en un museo observan por un largo tiempo una pintura, o de quienes escuchan con atención un disco, o leen con cuidado un libro: se trata de destinar tiempo para cultivar un inevitable plano cubierto de arborescencias.

En tal sentido son muchos los momentos en que me pregunto si los alumnos de Bibliotecología acceden a estas posibilidades de construir conocimiento en las aulas, cuantas veces optamos por encontrar consuelo en las evidencias, a instancias de un docente que las comparte sin incluir la desconfianza, sin necesidad de preguntarnos si vale la pena refutar lo que parece destinado a conformar y aplacar, en modo complaciente, el mínimo atisbo de un pensamiento crítico, aplanando invariablemente la curiosidad de algunos estudiantes. La pregunta es, cuándo permitimos como docentes que el alumno se interne solo en el bosque, luego de darle algunas herramientas, y encuentre, o al menos trate de hacerlo, su propia voz y su propio criterio para correlacionar prácticas y pensamientos.

El tiempo pasaría a ser una variable a considerar, porque no alcanzaría para acompañar todas las eventuales construcciones, un problema bibliotecológico puede llevar meses de resolución, pero que valdría la pena intentarlo no me cabe duda, ya que al igual que en la filosofía, su abordaje nos llevaría a la creación genuina de conceptos.

Algo así me ocurrió una vez en un aula de Bibliotecología, luego que una alumna aportara datos lingüísticos y descripciones de costumbres sociales sobre la cultura guaraní, cuyas impresiones atravesaban el texto trabajado en clase, a los pocos minutos un debate sobre las diferencias culturales en el seno de las propias comunidades (indígenas, inmigrantes, afrodescendientes) ocupó el recinto, y modificó la tarea pensada para la otra clase, hubo un momento en que nadie quería quedarse afuera de compartir experiencias ligadas con recuerdos familiares, y cómo dicha práctica tenía sentido con el rol social de la profesión, creo que ese día todos aprendimos algo.

A veces, es la estructura la que otorga una impensada libertad.

Fuente:

The Birth of Cool: La historia de Miles Davis y su música (2019). Duración 112 min. Estados Unidos. Stanley Nelson, dir. Coproducción: Estados Unidos-Reino Unido; Firelight Films.

Documento oral sobre el violín N’viqué. Entrevista a Mauricio Maidana (2013). Disponible en: http://librosvivientes.blogspot.com/2013/02/documento-oral-sobre-el-violin-nvique.html

Nota: la imagen pertenece al sitio Web Pixabay.

viernes, 19 de junio de 2020

Entrevistas a estudiantes de Bibliotecología sobre el rol social profesional



En julio de 2017, tuve por iniciativa llevar adelante una serie de entrevistas sobre el rol social bibliotecario, pautada con estudiantes de Bibliotecología de diferentes instituciones educativas de Buenos Aires. Finalmente, en este trabajo se dan a conocer las conclusiones del documento, desde donde se analizan las respuestas focalizadas en el rol social bibliotecario, representadas con estadísticas y gráficos, cuyo abordaje generó un conjunto de reflexiones e interpelaciones relacionadas con el alcance del concepto en el contexto educativo. El propósito ha sido profundizar en algunos interrogantes que permitan conocer el discernimiento de los estudiantes en relación a la carrera.

Por tal motivo lo que se comparte en este documento es un entendimiento crítico de nuestra realidad bibliotecaria, representada por un grupo de estudiantes que opinaron sobre cuestiones relativas a las intervenciones sociales dentro del amplio espectro académico. Sabemos que esta realidad se encuentra lejos de ser la adecuada, sin embargo se percibe las buenas intenciones en muchas expresiones, entendimiento que a su vez habilita un cuestionamiento a la estructura del sistema educativo, propio de quienes han decidido interpelar los concurridos senderos de la profesión.

Quien suscribe autoriza el uso libre de los contenidos trabajados en este documento, los datos se encuentran liberados en caso que algún autor/a necesite utilizarlos para futuras investigaciones, estudios y/o encuestas/entrevistas que deseen realizar, por tal motivo los textos pueden ser editados, solamente se pedirá el mínimo ejercicio de la cita bibliográfica correspondiente.

Las entrevistas completas se encuentran disponibles en los siguientes espacios:
Blog Que Sabe Quien

Fuentes: revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa
Plurinacional. La Paz, Bolivia. ISSN: 2225-3769.

Agradezco a los docentes y estudiantes que participaron de esta propuesta.
El trabajo se puede consultar en el siguiente enlace.

En memoria de Hugo Carlos García, maestro de bibliotecarios, y Carlos Córdoba,
constructor de arborescencias en la profesión.



domingo, 7 de junio de 2020

100 años de Armonía Camelia Borras



Cuesta dimensionar el paso del tiempo, y más aún en este contexto de pandemia que impide las celebraciones, de aquellos que forjaron un andar entre espíritus inquietos, estamos hablando de Armonía Camelia Borrás, una verdadera leyenda, vinculada con ideales anarquistas, que aún forma parte de la Biblioteca Popular José Ingenieros, hoy cumple ni más ni menos que 100 años.

Pensar que cuando nació Armonía, la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) ya llevaba casi 20 años de existencia, el presidente del país era Hipólito Yrigoyen, nacía la radiofonía argentina, con la primera transmisión realizada desde el teatro Coliseo sobre la obra Parsifal de Richard Wagner. Ese mismo año se publicaron libros de Alejandro Korn, Roberto Payró, Baldomero Fernández Moreno y Alfonsina Storni. En la Avenida de Mayo, una enorme multitud acompañó los festejos oficiales por el centenario de la muerte de Manuel Belgrano.

De padres catalanes, simpatizantes del anarquismo, Armonía tuvo dos hermanas mayores, Azucena, y Hortensia Violeta, y una hermana más chica, Orquídea, tiene recuerdos desde los 5 años, subida a hombros de su padre, José San Francisco Borrás Mestre, que formaba parte de reuniones como miembro del gremio de la Federación del calzado, a los 13 años participaba con los representantes del Comité Pro Presos, de las visitas que se hacían a los compañeros caídos en la cárcel de Devoto.

Cuando Armonía tuvo 15 años se fundó la Biblioteca José Ingenieros, el 1 de julio de 1935, cuyo primer local se estableció sobre la calle Garay y el pasaje Pereyra, "cuando voy soy una reliquia, porque soy la única que queda, una fundadora" dice con alegría, en ese tiempo confeccionaba volantes de propaganda y distribuía folletos sobre los presos de Bragado, un caso de torturas y violencia política que mereció difusión en la época, ocurrido durante la llamada Década Infame (1930-1942). La biblioteca se fue integrando con el aporte de muchas familias, de las que se destacan apellidos que dejaron huella como los Delmastro, Milstein, Seoane, Escribano y tantos otros. Al poco tiempo la “José Ingenieros” se mudó a la dirección de Santander 408 en el mismo barrio de Boedo. Armonía asistía a las conferencias, veladas y picnics organizados por la Biblioteca.

Se puede afimar que es una bibliotecaria de alma, fue actriz desde los 25 años, participando como extra en algunas filmaciones que conserva en VHS, e interviniendo en muchas películas, entre ellas La fuga (2001) de Eduardo Mignona y La señal (2007), primer film dirigido por Ricardo Darín. A partir de 1993 formó parte del grupo Mujeres Libres, que funcionó en la biblioteca. Alrededor de 1945 participó del grupo “Arte y Natura” para la representación de obras teatrales a beneficio de los presos, y para recaudar fondos con la finalidad de sostener los periódicos libertarios, entre ellos La Protesta. Armonía actuó en esas representaciones en las que solían publicarse conocidas piezas como Hermano Lobo (1924) de González Pacheco, y Barranca Abajo (1905) de Florencio Sánchez. 

Trabajó como aparadora de calzado, aprendió el oficio de cortadora y costurera de sastrería y se especializó en la colocación de forros, solapas y ojales. Es vegetariana desde el año 1950. Con su compañero Julio D’Aristotele, violinista, de quien se separó en 1965, tuvo a su única hija, Malva Rosa.

Que bueno saber que esta mujer, de la que todos se enamoraron, sigue estando entre los suyos, y que en un día como hoy, podrá recibir el afecto de quienes frecuentaron la biblioteca.

En territorios donde la libertad es viento, los sueños y las ideas perduran, quien dude de eso que la escuche a la imprescindible Armonía.

Fuente:

Guzzo, Cristina. Libertarias en América del Sur: de la A a la Z. Buenos Aires: Libros de Anarres, 2014. Disponible en:

Compañera Armonía Borrás

Facebook Biblioteca José Ingenieros

viernes, 29 de mayo de 2020

Dos años bajo el cielo sabio



Dos años sin Carlos Martínez Sarasola, el hombre puente que completó un círculo con sus actos, el del paso firme, la palabra oportuna, el que fue llamado Colilonko/Colinao (cabeza colorada/jaguar colorado) por la Comunidad Lof Vicente Catrunao Pincén, el que dijo “los hermanos indígenas y su manera de estar en el mundo me ayudan enormemente a integrarme como persona y a articular mis campos temáticos, todo maravillosamente entrelazado bajo el cielo sabio y protector de la espiritualidad”, el que abrió puertas donde antes había muros, el primer Winka (hombre blanco) purrufe (danzante) en la danza del Choike Purrún del Nguillatún (Ceremonia mapuche) en la Comunidad de Chorriaca, Neuquén, el que comprendió como pocos el significado de una rogativa, el guía espiritual de una forma de entendimiento, el que recorrió los andares de la empatía, Carlos el de los abrazos, el de la sonrisa fraterna, el que cultivó la sabiduría, el que escribió hace unos 30 años un libro fundamental para comprender las culturas indígenas “lo que tengo frente a mí es una enorme incertidumbre. Sin embargo, los que creemos que la utopía de un mundo más justo todavía está vigente, y que su concreción es posible; los que sentimos que la vida es una lucha incesante por alcanzar cada día algo más de bienestar entre todos los hombres, cualquiera que sea su forma de vida; los que trabajamos pensando que la revaloración de la cultura de un pueblo es una meta permanente, nos vemos comprometidos a persistir en la tarea, sin bajar los brazos, a pesar de todos los obstáculos”.

Como bien dicen tus amigos mapuches, duele fuerte todavía tu ausencia. Golpea con la fuerza de tus firmes pasos y la grandeza de tus palabras… con esa rabia amorosa que nos empuja a seguir.

Lo seguimos intentando en tu nombre Carlos, continuando con tu legado del modo más honesto posible, porque sabemos que vale la pena encontrarnos en tu memoria.

Fuente:

lunes, 25 de mayo de 2020

4 Lonkos


Tuve oportunidad de ver este largometraje sobre 4 lonkos emblemáticos de la Historia Argentina, los caciques Juan Cafulcurá, Cipriano Catriel, Mariano Rosas y Vicente Catrenao Pincén. El documental ofrece las apariciones públicas de investigadores que han empatizado sobre las culturas de los pueblos originarios, tales son los casos de verdaderos hombres puente como Carlos Martínez Sarasola, Osvaldo Bayer, Alberto Rex González o Luis Eduardo Pincén. Ver esta proyección es detenerse en las postrimerías del país que no fue, y que aún hoy sigue generando grietas en la sociedad.

Hay quienes tienen la necesidad de etiquetar como incomprensible que algunos antropólogos adhieran a otras formas de creencia, propias de los indígenas, mitifican en forma despectiva aquellas posturas que confrontan con el conocimiento científico racional, en el que se han formado los historiadores blancos desde hace por lo menos tres siglos, pero más allá de esa observación, viene bien recordarnos que nombres como Julio Argentino Roca, Estanislao Zeballos o el perito Francisco Pascasio Moreno han representado la idea, esbozada en este caso por Bayer, de ser ni mas ni menos que instigadores de un holocausto, muchos de los cuales se dedicaron en vida a coleccionar cráneos de indios, para luego exhibirlos en las vitrinas de reconocidos museos del país.

Es interesante el concepto de despojo que rodea las existencias de los 4 caciques, casos como los de Panquitruz Guor (conocido como Mariano Rosas), donde la profanación de la fosa culmina, luego de un extenso derrotero jurídico-legal, en una restitución a la comunidad, instalando una pirámide donde pudieron honrar su memoria, lo que prueba que el tiempo termina equilibrando de algún modo el devenir de la historia, deja al descubierto la noción de que siempre es posible profanar un cuerpo por intermedio de la barbarie, pero que nunca se podrá profanar un nombre, este perdura a pesar de la derrota, y es parte de la memoria colectiva de una comunidad.

La ultrajación en campo abierto del cuerpo de Cafulcurá por intermedio del Coronel Nicolás Levalle, es otra página que engrosó los catálogos del llamado “museo del genocidio” (Ciencias Naturales de La Plata), mientras que nombres propios como el Perito Moreno terminaron asociados a espacios geográficos, como si fuera un héroe nacional, es acaso una revisión que en forma permanente no debe olvidarse, que sirva para medir el exacto peso de nuestra historia como pueblo.

Cipriano Catriel, un “indio amigo” (concepto que describe a los caciques asentados en la frontera que decidieron estar del lado de los criollos), tuvo por morada una vivienda en la Ciudad de Azul, al interior de Buenos Aires, su casa es la única de un cacique argentino que permanece en pie, lo que hace un aporte al patrimonio histórico y cultural del país, conocido entre los suyos como Mariñancú (10 aguilas), este paisano pampa fue finalmente recibido por su pueblo, al lograr recuperar por vías legales el cráneo y el poncho del legendario cacique, exhibidos durante años en el “Museo de la Patagonia Francisco P. Moreno” de Bariloche.

El documental finaliza con la mención de Vicente Catrenao Pincén (en lengua mapudungun “el que habla con lo sagrado”), perteneció al linaje de los Catreano (“el que cortó o cazó al jaguar”), de sangre huarpe, surgió al sur de la provincia de Buenos Aires, donde mantuvo un fuerte liderazgo entre los ranqueles, su vida es un poco el derrotero de una cultura que padeció una lamentable pérdida de valores, no se conoce sepultura ni los motivos de su muerte, su caso es entendido en la comunidad gününä ä küna-mapuche Lof “Vicente Catrunao Pincén” como el primer desaparecido de la Historia Argentina, vale citar las palabras de Luis Pincén, tataranieto del cacique, quien afirmó que su comunidad tardó cuatro generaciones en volver a equilibrar lo que por tanto tiempo estuvo mancillado, a este ngenpin o “dueño del decir”, llegaron a disfrazarlo de salvaje para una foto, noción que aún prevalece en nuestro territorio, como cuando algunas autoridades esperan que los paisanos asistan con plumas y boleadoras a ciertos actos públicos, sorprendidos de verlos con ropa informal, como si fueran extraños objetos de una época olvidada.

Este largometraje de Sebastián Díaz -investigador comprometido con la causa indígena- denuncia el genocidio perpetrado por el Estado argentino durante las Campañas al Desierto, los nombres propios abordados en el trabajo describen con documentos, lecturas y testimonios, lo que mucha gente ha negado, o dejado de interpelar, por el simple hecho de no integrar a quienes tuvieron por destino la mala fortuna de pertenecer a una cultura preexistente, en un territorio donde podía contemplarse la lejanía del horizonte, aquel que los lonkos atravesaron a caballo, desprendiendo viento a su paso.

Fuente:

lunes, 4 de mayo de 2020

Sobre la necesidad de compilar narrativas orales



A James Macpherson, poeta británico de fines del siglo XVIII, precursor según Borges del movimiento romántico, le encargaron que publicara todo lo que fuera posible documentar sobre antiguos manuscritos gaélicos, con el objeto de compilar la narrativa oral de los pueblos pertenecientes a las Highlands de Escocia, las tierras altas de aquel pueblo de guerreros. Tareas como esas ya no se encomiendan a los poetas contemporáneos, como tampoco se estila que cada monarca tenga su poeta o poetisa que exalte las gestas que lo enaltecen.

Se sabe que Macpherson acepto el pedido y estuvo cerca de un año investigando documentos mientras recorría las aldeas de las serranías escocesas. Lo ayudó el oficio y el haber escuchado de niño narrativas épicas recitadas en gaélico, tal cual se estilaba en la Escocia de esos años. Lo cierto es que Macpherson tenía un conocimiento oral de la cultura celta, el había escuchado siendo niño a los bardos, quienes solían recitar textos épicos escoceses en idioma gaélico, de este modo pudo reunir esos fragmentos, completándolos con versículos bajo formas rítmicas similares a los salmos bíblicos, y los publicó en Edimburgo bajo el nombre de los “Poemas de Ossian”.

Por un momento pienso si ese encargo lo podríamos llevar adelante con las actuales comunidades indígenas, si bien existe un trabajo de recopilación de diversas tradiciones y mitos orales, aún quedan pueblos enteros en las periferias de grandes ciudades, que día a día van perdiendo lo poco que rememoran de sus ancestros. Se trata de libros dispersos que van deambulando por allí, sin que nadie lo percate. Es el fuego de la memoria que se lleva a los ancianos y deja inconclusas las historias que nunca tuvieron un final. Vale decir que no estamos limitando la cuestión al contexto folclórico, que en buena medida ha proliferado entre los gestos editoriales de algunas organizaciones y partidos políticos. La oportunidad que se ha perdido estuvo centrada en el conocimiento local, en los entendimientos comunitarios, en las diferentes líneas de pensamiento vinculadas con el cultivo de la memoria, inherente a una cultura determinada.

Nos perdimos nombres propios, historias de vida, destrezas genuinas, pero no con el afán de estetizar la pobreza o la condición de minoría social, sino con la idea clara y sencilla de integrar lo que cada uno sabe en el contexto de la historia social Argentina, y porque no, política.

Nos perdimos darnos cuenta de que los paisanos son personas y no extraños confundidos y enredados en el concepto de otredad, incapaces de aportar conocimiento al capital social y cultural del país, especialmente a su identidad como Nación.

Permanentemente nos perdemos esas cosas.

En el antiguo mundo, hubo un momento la necesidad de registrar, a través de un soporte impreso, un conjunto de historias que fueron declamadas por los rapsodas en las plazas públicas y en los templos, las generaciones posteriores conocieron esos relatos bajo el título de la Ilíada y la Odisea, o como bien lo expresó Eloy Martínez, esos libros “fueron la obra de muchos hombres o, si se quiere, de todos los Homero que trabajaron en ellas entre los siglos VIII y VI antes de la era actual. Cada copista de La Ilíada sumaba una línea o suprimía una escena, hasta que ese espacio móvil encontró su punto de fijeza”, de algún modo el autor le confirió al extenso poema la posibilidad de concluir la colectiva tarea, de dejar de extenderse en el tiempo. El objeto libro cerró la narrativa oral y dispersó por todos los rincones las verdades que se habían resguardado en la memoria.

Como se notará, a lo largo de los siglos, y en distintos contextos geográficos y culturales, hubo necesidad de compilar narrativas orales, a pesar de los escenarios devastados por el autoritarismo y la intolerancia, fueron muchos los autores que pudieron recrear y recuperar tiestos de un patrimonio en situación de vulnerabilidad, pero muy pocas veces esa tarea fue desarrollada en el interior de una biblioteca.

No se si es una oportunidad, o acaso es parte de un paradigma sin resolución posible, lo que persisten son los inventarios de las cruentas mutilaciones culturales, todos los días sumamos un dato, todos los días agregamos un pronunciado lamento, es probable que a este ritmo, el paso del tiempo sedimente los conocimientos de los paisanos hasta aplanarlos en una masa acrítica, sin indicio alguno de identidad, sin saber como se originaron los hechos, sin entender el porqué de las derrotas, en todo caso habría que prestar atención a unos versos de Juan Gelman:

no te olvides de olvidar el olvido”.


Fuente consultada:

Borges profesor: curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires / edición, investigación y notas de Martín Arias y Martín Hadis. Buenos Aires: Emece, 2000.

El libro en tiempos de la globalización /Tomas Eloy Martinez. World Library and Information Congress: 70th IFLA General Conference and Council 22-27 August 2004 Buenos Aires, Argentina, disponible en: https://archive.ifla.org/IV/ifla70/papers/162s-Eloy-Martinez.pdf


Nota: la imagen corresponde al sitio Pixabay

miércoles, 22 de abril de 2020

Rafael




… una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas. Desnudos y solos llegamos al desierto. En su oscuro seno, no conocimos el rostro de nuestra madre; desde la prisión de su carne, vinimos a la prisión indecible e inexplicable de este mundo. ¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no estuvo siempre prisionero? ¿Quién de nosotros no será siempre un extranjero solitario? Erial de perplejidad, en los ardientes laberintos; perdidos, entre brillantes estrellas, en esta tediosísima ceniza, ¡perdidos! Recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta ignota. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¡Oh fantasma perdido, batido por el viento, vuelve a nosotros!

Tom Wolfe, El ángel que nos mira

Alguna vez compartí este texto con mi amigo Rafael, siempre me pareció clarividente el inicio de “El ángel que nos mira”, un libro que aún espera ser leído, en su momento me bastó una versión cinematográfica para darme cuenta (y no darme cuenta) que lo que allí decía representaba una clamorosa invocación hacia las antiguas formas de concebir la literatura -especialmente la poesía- el deseo de que la belleza y la verdad, luminosamente descubiertas, vuelvan desde los ardientes laberintos a poblar los nuevos cielos de los poetas, hoy pienso si alguno lo ha logrado, ahora que las formas de la literatura encuentran otros esquemas, otros métodos, otros tipos de composición, algo une sin embargo: el trabajo con las palabras.

Podría trasladar esta forma de entendimiento a los esenciales documentos que antiguos bibliotecarios nos legaron, podría simplemente compartir una digresión, acaso furtiva, en medio de este contexto, cuando de algún modo tiene que ver con mi ejercicio diario, mi trabajo como profesional de la información.

Rafael llegó a decirme que “volver al encuentro desnudo y virginal, del poeta con la belleza y la verdad es el único objetivo que justifica el trabajo con las palabras”, esto lo dijo en un momento en que un tratamiento oncológico lo estaba llevando a experimentar “la prisión indecible e inexplicable de este mundo”.

El martes 21 de abril, por si faltaba algo más que acelere lo inextricable del destino, mi amigo Rafael Bardas se fue de este mundo luego de haber contraído coronavirus, en un hospital de New York, quiero homenajear lo que representó para mi su ayuda desinteresada, las traducciones que hizo, las opiniones siempre valiosas, desde la mirada de un filósofo con título de arquitecto, era inevitable compartir varios mails a la semana, invariablemente a las pocas horas aparecía su respuesta.

Los irremplazables se van yendo, lo que sigue es la complicada tarea de enfrentar nuevos problemas sabiendo que no tendremos referentes para poder solucionarlos de la mejor manera posible.

Como hojas de otoño, van cayendo sus palabras:  
no puedo dejar de aceptar ésta, mi curiosidad de hoy. Una curiosidad muy amiga de la duda. Emparentada con la ignorancia. Con la incertidumbre. Con el no saber. Con el silencio. Con la no respuesta. Una curiosidad condenada a ser una eterna incógnita. ¿Eterna? ¿Qué es la eternidad? “Algo” que no tiene principio ni fin, dicen. Pero no tener principio ni fin es un sin sentido. Entonces…ese “algo” ¿es o no es? Parece que sí es…pero como no lo podemos entender, lo hemos llamado “misterio”.

Lo que escribió Wolfe nos recuerda lo que otros pudieron, y le pedimos secretamente a ese fantasma, a ese modo de creación y de entendimiento, que vuelva a nosotros.

Así también espero que este gran amigo, esté donde esté, pueda completar en otro lugar lo que no supo o no pudo en esta vida, vaya mi profunda gratitud por haberme acompañado con su amistad.