Tengo desde hace años un libro de José Saramago al que a cada tanto suelo frecuentar “El cuaderno del año del Nobel”, en este caso un poco al azar (habría que analizar en algún momento el sentido de las relecturas), en el cual fue posible encontrar relación entre contextos diferentes. Ocurre en ocasiones, en donde las ideas cruzan puentes, acaso pretenciosas, pero que suelen desbrozar el camino que se presenta por delante.
Este
texto lo escribió el 28 de abril de 1998, dice lo siguiente:
“Nací
y fui criado en una aldea ubicada a la orilla de dos ríos. Al que está más
cerca, un modesto curso de agua que lleva el enigmático y altisonante nombre de
Almonda, se llega prácticamente, solo con bajar el escalón de la puerta de las
casas ribereñas. El otro, con caudal aventajado e historias más aventureras, se
llama Tajo, y pasa, casi siempre plácido, a veces violento, a menos de un
kilómetro de distancia. Durante muchos años, de un modo que casi diría orgánico,
el concepto de belleza paisajística estuvo asociado en mi espíritu a la imagen
de mantos movedizos de agua, de pequeños y lentos barcos llevados a remo o a
vara entre limos y cañas, de frescas orillas donde se alineaban fresnos, chopos
y sauces, de vastas campiñas que las crecidas del invierno inundaban y fertilizaban.
A la imagen, también, de los callados y misteriosos olivares que rodeaban la
aldea por el otro lado, enmarcada entre la vegetación exuberante nutrida por
los dos ríos y la suave monotonía de verde, ceniza y plata que, como ondulante
océano, igualaba la copa de los olivos. Fue este el mundo en el que, niño, y
después adolescente, me inicié en la más humana formación de todas las artes:
la de la contemplación. Sabía, como todo el mundo, que en otros lugares del
planeta había montañas y desiertos, selvas y sabanas, bosques y tundras;
observaba y guardaba en la memoria las imágenes que me enseñaban los libros de
esos sitios para mí inalcanzables, pero la realidad sobrenatural de mi mundo de
entonces, esa que los ojos despiertos, las manos desnudas y los pies descalzos
no necesitaban aprehender objetivamente porque la iban captando de continuo a
través de una cadena infinita de impresiones sensoriales, se consustanciaba, a
fin de cuentas, en un banal paisaje campestre donde, como en cualquier otro
lugar donde haya nacido y crecido un ser humano, sencillamente se estaba
formando un espíritu. Es normal oír decir que el paisaje es un estado de alma;
que una vista de la naturaleza, sea cual sea, no hace más que devolvernos,
confirmándola, la disposición de espíritu con que la habíamos mirado, y que,
así, fueron nuestros sentimientos, y solo ellos, los que la volvieron triste o
alegre, melancólica o jubilosa, deprimente o arrebatadora. El mundo exterior a
nosotros sería, pues, en todo momento y circunstancia, una especie de
prolongación de nuestro mundo interior y tan variable el uno como el otro.
Sería un espejo siempre cambiante de nuestras emociones, del mismo modo que ya
solo es, y nunca más lo será, aquello que nuestros sentidos sean capaces de
aprehender de él”.
De lo
que aquí narró Saramago, es de una forma de educación que la educación
tradicional fue desterrando al paso del tiempo: los componentes identitarios de
la educación familiar, que en culturas indígenas y campesinas cobra tanto significado,
porque se trata de un conocimiento situado en un contexto geográfico y social
al cual se incorpora la vivencia, el vínculo –como un cordel que va uniendo
entendimientos- de la experiencia concebida desde los sentidos y el
aprendizaje, el saber dónde se transita, hasta dónde llegan los recursos, el
cómo se retroalimentan los elementos de la naturaleza para que una comunidad
pueda funcionar como tal, y comprobar, al paso del tiempo, cómo todo ese conocimiento
impacta en el espíritu de una persona, en su formación ciudadana, en su
relación con el mundo que lo rodea.
La
Educación Intercultural Bilingüe en Argentina ha logrado aportar innumerables
ejemplos de ancianos y ancianas que compartieron información endógena de sus
comunidades de origen, cuyos datos fueron identificados y utilizados en las
aulas, sin embargo, buena parte de esas experiencias no permitieron complementar
la educación escolar con la educación familiar, que entre otras cosas implica educar
teniendo conocimiento del contexto, una forma de concebir la educación bajo el
amparo de los abuelos y abuelas, aquellos que por fuera de las comunidades son
reconocidos como libros vivientes, verdaderos referentes de su cultura. Es por
eso que el texto del Premio Nobel 1998 resulta relevante analizar, ya que tal como
lo expresa el autor “Creo, sinceramente, que sería una persona diferente de
aquella en que me he convertido si hubiesen sido otros los paisajes a través de
los cuales se me presentó por primera vez el mundo”, lo que implica tomar
conocimiento de cuánto influye el entorno geográfico en el desenvolvimiento de
las personas, y sobre todo, comprender que esta percepción cobra otra dimensión
en comunidades de pueblos originarios, dado el traspaso oral de conocimiento
como forma de construcción comunitaria de antiguos saberes, destrezas y
prácticas culturales. La educación tradicional no debería desestimar ese caudal
de conocimiento, porque a su vez habilitaría el sentido de pertenencia de quienes
son descendientes de culturas indígenas, y que asisten a escuelas ubicadas
dentro o cerca de comunidades aborígenes.
Aquella
humana formación de todas las artes, que tal como lo expresó Saramago es el de
la contemplación, tiene profundos silencios en la educación indígena, pero
cabría aclarar que ese silencio, en el interior de los pueblos originarios,
corresponde a información que sirve para el sustento y la supervivencia, para
la comunicación y la puesta en práctica de valores, para el libre aprendizaje de
lo que es necesario comprender. Sin embargo, para la sociedad occidental, ese
silencio se extiende a la ausencia de nombres propios y de conocimientos no
interpelados en las aulas de escuelas primarias y secundarias de la EIB, donde
los padres y los abuelos de esos estudiantes pertenecen a una cultura indígena
y hablan en lengua materna, conservando modos de comprender la utilidad de los
recursos naturales bajo los cuales están insertos. En estos terrenos
pedagógicos, resultaría mucho más instructivo conversar con los alumnos
alrededor de un fogón mientras observan cómo una abuela teje su telar, que
recitar de memoria sobre la producción textil de otros países, a menos que el
dato sirva para analizar técnicas diferentes y poder debatir en el aula sobre
las distintas realidades que atañen a una misma actividad, estudiar las
diferencias, los recursos, los impactos sociales, etc. Sería un modo de aplicar
contenidos sin desconocer los propios conocimientos, la propia cultura, en la
que no solo los docentes harían su aporte.
Pensar
sobre la necesidad de generar una conversación
Siguiendo con estos apuntes, pero en este caso con
relación al pensamiento de la cineasta Lucrecia Martel, en algún momento hubo
preguntas por las cuales existió la necesidad de interpelar el contexto bajo el
cual estaba inserto el interrogante, sobre todo preguntarnos si como sociedad
–una parte de ella– deseamos que los paisanos no tengan historia, no tengan sus
tierras y no puedan desarrollar su cultura, hacerse la pregunta desde el sistema
educativo es mucho más delicado, porque la EIB ha demostrado en algunos casos,
que el sentido de pertenencia a una identidad se puede fortalecer si los
docentes incluyen los conocimientos de las familias indígenas, y para que esto
ocurra es necesario escuchar, describir cada una de las capas que conforman
información comunitaria, entrelazarlas, discutirlas, explicarlas, armar y
desarmar, encontrar el criterio educativo para contar y entender esas capas,
como lo expresa Martel al describir el proceso de su última película, “Tierra
adentro”: Había que encontrar la forma para escuchar algo que dejamos de oír.
La EIB no debería repetir la misma narrativa concebida en los templos
religiosos, en las oficinas públicas, en los registros jurídicos, con relación a
los derechos y la educación de quienes cultivan otras formas de conocimiento,
destejer los tiestos de esa madeja implica un profundo cambio que atañe a la
oralidad bilingüe y al conocimiento endógeno de cada cultura, la EIB tiene que
encontrar la forma de representar el silencio de los pueblos originarios, y
probablemente desde los archivos orales pueda encontrar ese modo de
representación.
Las
palabras en ocasiones tienen un peso que los paisanos miden con cuidado al momento
de expresarlas, hay una información previa que se desconoce, de lo no dicho que
tiempo después termina verbalizado, pero como profesionales de la información
debemos poder discutir el valor de la palabra que siempre se les ha negado, el
pasado de ese silencio que en ocasiones eligen no pronunciar. Quienes alguna
vez ingresaron a una comunidad indígena saben las diferencias que se
manifiestan en las voces de los referentes comunitarios, el ritmo que adquiere
una conversación, los tonos, las relaciones de las palabras con las cosas que los
rodean, lo que las palabras evocan y manifiestan, como si envolvieran con un
tejido aquello que forma parte de una escucha, conocimiento que a veces solo es
protegido con una mirada. En ocasiones, me pregunté, sin formular la pregunta,
por qué esas miradas se inclinaban al suelo como modo de respuesta o evasión al
interrogante, y la sensación que me embargaba es que ese conocimiento se perdía
en un aleteo que el visitante no lograba captar, precisamente por su desconocimiento
de la cultura, por todo lo que hay detrás de una comunidad, la sociedad invisible
que el Estado sigue negando.
Hace años
(octubre de 2009), en la Biblioteca Qomllalaqpi del Centro Comunitario
Daviaxaiqui de Derqui, al recibir una visita de adolescentes de la comunidad,
consideré poner un audio de Valentín Moreno, cuyo nombre originario era
Onaxantac, el más anciano en aquel entonces del pueblo migrante qom, fallecido
en noviembre de 2017, los chicos entendieron lo que Valentín estaba
transmitiendo, porque se refería al origen de la propia comunidad del cual
habían recibido referencias de sus padres, cuando Daviaxaiqui todavía era un
pastizal inhabitado y ni siquiera tenía un nombre. Esas imágenes capturadas en
palabras, y contadas desde adentro, mostraban algo que los hacía sentir parte de
la conversación, y eso es algo que los bibliotecarios que trabajan en
bibliotecas indígenas deberían poder generar: una conversación que atraviese el
lenguaje para que los registros que forman parte de un catálogo tengan utilidad
social, donde sea posible relacionar, así sea desde un campo recuperable de
notas, el contexto que vincula el testimonio oral, la arborescencia de un
registro basado en prácticas y experiencias que no figuran en los manuales
escolares, semejante a las ramas de un árbol frondoso, entender de alguna
manera la aplicabilidad de la tecnología, y qué es lo que debería transmitirse,
lo que requiere la necesidad de un diálogo.
Desde
aquel documento oral del proyecto Biblioteca Qomllalaqpi, que fue el primero en
grabarse en Derqui, recuperar el espacio oral de una casa de las palabras fue
el verdadero motivo por el cual un grupo de profesionales (bibliotecarios y
antropólogos) impulsaron la necesidad, junto con los libros vivientes y las
familias del Centro Comunitario Daviaxaiqui, de un encuentro entre el
conocimiento, la memoria y el documento. Aún tenemos que analizar cuánto de
todo eso dejamos de oír, cuánto de todo eso sigue representando una forma de
trabajar la cultura oral de una comunidad indígena, cuánto de todo eso puede fortalecer
las innumerables capas de los contenidos pedagógicos que atraviesan la
Educación Intercultural Bilingüe en Argentina. Por lo tanto, cabría
preguntarse, desde la Bibliotecología Indígena, lo mismo que se cuestionó Lucrecia
Martel desde el cine: que es necesario ser útiles para la comunidad, y que lo
realizado sirva para generar una conversación.
Fuente
consultada:
Canosa,
D. (2013). Testimonio de Valentín Moreno, libro viviente del Centro
Daviaxaiqui. Disponible en: https://librosvivientes.blogspot.com/2013/12/testimonio-de-valentin-moreno-libro.html?m=0
Canosa,
D. (2023). Bibliotecas en la Educación Intercultural Bilingüe: correspondencia cultural
de los acervos bibliográficos ubicados en escuelas primarias del noreste argentino
(Tesis). Universidad Nacional de Mar del Plata. Facultad de Humanidades.
Disponible en: https://humadoc.mdp.edu.ar/s/repositorio-institucional-humadoc/item/1303
Canosa,
D. (2017). El último viaje de Valentín Moreno. Disponible en: https://librosvivientes.blogspot.com/2017/12/el-ultimo-viaje-de-valentin-moreno.html
Saramago,
J. (2018). El cuaderno del año del Nobel. Madrid, Alfaguara.
Vázquez
Prieto, P. (2026). El mapa y el territorio. Entrevista a Lucrecia Martel.
Página 12, 1 de marzo de 2026. Disponible en: https://www.pagina12.com.ar/2026/03/01/el-mapa-y-el-territorio/

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