Espacio que pretende resguardar voces, experiencias y conocimientos desde el rol
social del bibliotecario. Documentación de archivos orales sobre el patrimonio cultural
intangible conservado en la memoria de los libros vivientes. Entrevistas, semblanzas,
historias de vida. Reflexiones en torno a la bibliotecología indígena y comunitaria.

sábado, 18 de julio de 2026

Algunos apuntes sobre la Educación Intercultural Bilingüe en Argentina

Tengo desde hace años un libro de José Saramago al que a cada tanto suelo frecuentar “El cuaderno del año del Nobel”, en este caso un poco al azar (habría que analizar en algún momento el sentido de las relecturas), en el cual fue posible encontrar relación entre contextos diferentes. Ocurre en ocasiones, en donde las ideas cruzan puentes, acaso pretenciosas, pero que suelen desbrozar el camino que se presenta por delante.

Este texto lo escribió el 28 de abril de 1998, dice lo siguiente:

 

Nací y fui criado en una aldea ubicada a la orilla de dos ríos. Al que está más cerca, un modesto curso de agua que lleva el enigmático y altisonante nombre de Almonda, se llega prácticamente, solo con bajar el escalón de la puerta de las casas ribereñas. El otro, con caudal aventajado e historias más aventureras, se llama Tajo, y pasa, casi siempre plácido, a veces violento, a menos de un kilómetro de distancia. Durante muchos años, de un modo que casi diría orgánico, el concepto de belleza paisajística estuvo asociado en mi espíritu a la imagen de mantos movedizos de agua, de pequeños y lentos barcos llevados a remo o a vara entre limos y cañas, de frescas orillas donde se alineaban fresnos, chopos y sauces, de vastas campiñas que las crecidas del invierno inundaban y fertilizaban. A la imagen, también, de los callados y misteriosos olivares que rodeaban la aldea por el otro lado, enmarcada entre la vegetación exuberante nutrida por los dos ríos y la suave monotonía de verde, ceniza y plata que, como ondulante océano, igualaba la copa de los olivos. Fue este el mundo en el que, niño, y después adolescente, me inicié en la más humana formación de todas las artes: la de la contemplación. Sabía, como todo el mundo, que en otros lugares del planeta había montañas y desiertos, selvas y sabanas, bosques y tundras; observaba y guardaba en la memoria las imágenes que me enseñaban los libros de esos sitios para mí inalcanzables, pero la realidad sobrenatural de mi mundo de entonces, esa que los ojos despiertos, las manos desnudas y los pies descalzos no necesitaban aprehender objetivamente porque la iban captando de continuo a través de una cadena infinita de impresiones sensoriales, se consustanciaba, a fin de cuentas, en un banal paisaje campestre donde, como en cualquier otro lugar donde haya nacido y crecido un ser humano, sencillamente se estaba formando un espíritu. Es normal oír decir que el paisaje es un estado de alma; que una vista de la naturaleza, sea cual sea, no hace más que devolvernos, confirmándola, la disposición de espíritu con que la habíamos mirado, y que, así, fueron nuestros sentimientos, y solo ellos, los que la volvieron triste o alegre, melancólica o jubilosa, deprimente o arrebatadora. El mundo exterior a nosotros sería, pues, en todo momento y circunstancia, una especie de prolongación de nuestro mundo interior y tan variable el uno como el otro. Sería un espejo siempre cambiante de nuestras emociones, del mismo modo que ya solo es, y nunca más lo será, aquello que nuestros sentidos sean capaces de aprehender de él”.

 

De lo que aquí narró Saramago, es de una forma de educación que la educación tradicional fue desterrando al paso del tiempo: los componentes identitarios de la educación familiar, que en culturas indígenas y campesinas cobra tanto significado, porque se trata de un conocimiento situado en un contexto geográfico y social al cual se incorpora la vivencia, el vínculo –como un cordel que va uniendo entendimientos- de la experiencia concebida desde los sentidos y el aprendizaje, el saber dónde se transita, hasta dónde llegan los recursos, el cómo se retroalimentan los elementos de la naturaleza para que una comunidad pueda funcionar como tal, y comprobar, al paso del tiempo, cómo todo ese conocimiento impacta en el espíritu de una persona, en su formación ciudadana, en su relación con el mundo que lo rodea.

 

La Educación Intercultural Bilingüe en Argentina ha logrado aportar innumerables ejemplos de ancianos y ancianas que compartieron información endógena de sus comunidades de origen, cuyos datos fueron identificados y utilizados en las aulas, sin embargo, buena parte de esas experiencias no permitieron complementar la educación escolar con la educación familiar, que entre otras cosas implica educar teniendo conocimiento del contexto, una forma de concebir la educación bajo el amparo de los abuelos y abuelas, aquellos que por fuera de las comunidades son reconocidos como libros vivientes, verdaderos referentes de su cultura. Es por eso que el texto del Premio Nobel 1998 resulta relevante analizar, ya que tal como lo expresa el autor “Creo, sinceramente, que sería una persona diferente de aquella en que me he convertido si hubiesen sido otros los paisajes a través de los cuales se me presentó por primera vez el mundo”, lo que implica tomar conocimiento de cuánto influye el entorno geográfico en el desenvolvimiento de las personas, y sobre todo, comprender que esta percepción cobra otra dimensión en comunidades de pueblos originarios, dado el traspaso oral de conocimiento como forma de construcción comunitaria de antiguos saberes, destrezas y prácticas culturales. La educación tradicional no debería desestimar ese caudal de conocimiento, porque a su vez habilitaría el sentido de pertenencia de quienes son descendientes de culturas indígenas, y que asisten a escuelas ubicadas dentro o cerca de comunidades aborígenes.

 

Aquella humana formación de todas las artes, que tal como lo expresó Saramago es el de la contemplación, tiene profundos silencios en la educación indígena, pero cabría aclarar que ese silencio, en el interior de los pueblos originarios, corresponde a información que sirve para el sustento y la supervivencia, para la comunicación y la puesta en práctica de valores, para el libre aprendizaje de lo que es necesario comprender. Sin embargo, para la sociedad occidental, ese silencio se extiende a la ausencia de nombres propios y de conocimientos no interpelados en las aulas de escuelas primarias y secundarias de la EIB, donde los padres y los abuelos de esos estudiantes pertenecen a una cultura indígena y hablan en lengua materna, conservando modos de comprender la utilidad de los recursos naturales bajo los cuales están insertos. En estos terrenos pedagógicos, resultaría mucho más instructivo conversar con los alumnos alrededor de un fogón mientras observan cómo una abuela teje su telar, que recitar de memoria sobre la producción textil de otros países, a menos que el dato sirva para analizar técnicas diferentes y poder debatir en el aula sobre las distintas realidades que atañen a una misma actividad, estudiar las diferencias, los recursos, los impactos sociales, etc. Sería un modo de aplicar contenidos sin desconocer los propios conocimientos, la propia cultura, en la que no solo los docentes harían su aporte.

 

Pensar sobre la necesidad de generar una conversación

 

Siguiendo con estos apuntes, pero en este caso con relación al pensamiento de la cineasta Lucrecia Martel, en algún momento hubo preguntas por las cuales existió la necesidad de interpelar el contexto bajo el cual estaba inserto el interrogante, sobre todo preguntarnos si como sociedad –una parte de ella– deseamos que los paisanos no tengan historia, no tengan sus tierras y no puedan desarrollar su cultura, hacerse la pregunta desde el sistema educativo es mucho más delicado, porque la EIB ha demostrado en algunos casos, que el sentido de pertenencia a una identidad se puede fortalecer si los docentes incluyen los conocimientos de las familias indígenas, y para que esto ocurra es necesario escuchar, describir cada una de las capas que conforman información comunitaria, entrelazarlas, discutirlas, explicarlas, armar y desarmar, encontrar el criterio educativo para contar y entender esas capas, como lo expresa Martel al describir el proceso de su última película, “Tierra adentro”: Había que encontrar la forma para escuchar algo que dejamos de oír. La EIB no debería repetir la misma narrativa concebida en los templos religiosos, en las oficinas públicas, en los registros jurídicos, con relación a los derechos y la educación de quienes cultivan otras formas de conocimiento, destejer los tiestos de esa madeja implica un profundo cambio que atañe a la oralidad bilingüe y al conocimiento endógeno de cada cultura, la EIB tiene que encontrar la forma de representar el silencio de los pueblos originarios, y probablemente desde los archivos orales pueda encontrar ese modo de representación.

 

Las palabras en ocasiones tienen un peso que los paisanos miden con cuidado al momento de expresarlas, hay una información previa que se desconoce, de lo no dicho que tiempo después termina verbalizado, pero como profesionales de la información debemos poder discutir el valor de la palabra que siempre se les ha negado, el pasado de ese silencio que en ocasiones eligen no pronunciar. Quienes alguna vez ingresaron a una comunidad indígena saben las diferencias que se manifiestan en las voces de los referentes comunitarios, el ritmo que adquiere una conversación, los tonos, las relaciones de las palabras con las cosas que los rodean, lo que las palabras evocan y manifiestan, como si envolvieran con un tejido aquello que forma parte de una escucha, conocimiento que a veces solo es protegido con una mirada. En ocasiones, me pregunté, sin formular la pregunta, por qué esas miradas se inclinaban al suelo como modo de respuesta o evasión al interrogante, y la sensación que me embargaba es que ese conocimiento se perdía en un aleteo que el visitante no lograba captar, precisamente por su desconocimiento de la cultura, por todo lo que hay detrás de una comunidad, la sociedad invisible que el Estado sigue negando.

 

Hace años (octubre de 2009), en la Biblioteca Qomllalaqpi del Centro Comunitario Daviaxaiqui de Derqui, al recibir una visita de adolescentes de la comunidad, consideré poner un audio de Valentín Moreno, cuyo nombre originario era Onaxantac, el más anciano en aquel entonces del pueblo migrante qom, fallecido en noviembre de 2017, los chicos entendieron lo que Valentín estaba transmitiendo, porque se refería al origen de la propia comunidad del cual habían recibido referencias de sus padres, cuando Daviaxaiqui todavía era un pastizal inhabitado y ni siquiera tenía un nombre. Esas imágenes capturadas en palabras, y contadas desde adentro, mostraban algo que los hacía sentir parte de la conversación, y eso es algo que los bibliotecarios que trabajan en bibliotecas indígenas deberían poder generar: una conversación que atraviese el lenguaje para que los registros que forman parte de un catálogo tengan utilidad social, donde sea posible relacionar, así sea desde un campo recuperable de notas, el contexto que vincula el testimonio oral, la arborescencia de un registro basado en prácticas y experiencias que no figuran en los manuales escolares, semejante a las ramas de un árbol frondoso, entender de alguna manera la aplicabilidad de la tecnología, y qué es lo que debería transmitirse, lo que requiere la necesidad de un diálogo.

 

Desde aquel documento oral del proyecto Biblioteca Qomllalaqpi, que fue el primero en grabarse en Derqui, recuperar el espacio oral de una casa de las palabras fue el verdadero motivo por el cual un grupo de profesionales (bibliotecarios y antropólogos) impulsaron la necesidad, junto con los libros vivientes y las familias del Centro Comunitario Daviaxaiqui, de un encuentro entre el conocimiento, la memoria y el documento. Aún tenemos que analizar cuánto de todo eso dejamos de oír, cuánto de todo eso sigue representando una forma de trabajar la cultura oral de una comunidad indígena, cuánto de todo eso puede fortalecer las innumerables capas de los contenidos pedagógicos que atraviesan la Educación Intercultural Bilingüe en Argentina. Por lo tanto, cabría preguntarse, desde la Bibliotecología Indígena, lo mismo que se cuestionó Lucrecia Martel desde el cine: que es necesario ser útiles para la comunidad, y que lo realizado sirva para generar una conversación.

 

Fuente consultada:

Canosa, D. (2013). Testimonio de Valentín Moreno, libro viviente del Centro Daviaxaiqui. Disponible en: https://librosvivientes.blogspot.com/2013/12/testimonio-de-valentin-moreno-libro.html?m=0

 

Canosa, D. (2023). Bibliotecas en la Educación Intercultural Bilingüe: correspondencia cultural de los acervos bibliográficos ubicados en escuelas primarias del noreste argentino (Tesis). Universidad Nacional de Mar del Plata. Facultad de Humanidades. Disponible en: https://humadoc.mdp.edu.ar/s/repositorio-institucional-humadoc/item/1303

 

Canosa, D. (2017). El último viaje de Valentín Moreno. Disponible en: https://librosvivientes.blogspot.com/2017/12/el-ultimo-viaje-de-valentin-moreno.html

 

Saramago, J. (2018). El cuaderno del año del Nobel. Madrid, Alfaguara.


Vázquez Prieto, P. (2026). El mapa y el territorio. Entrevista a Lucrecia Martel. Página 12, 1 de marzo de 2026. Disponible en: https://www.pagina12.com.ar/2026/03/01/el-mapa-y-el-territorio/

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