Espacio que pretende resguardar voces y conocimientos desde el abordaje de la
bibliotecología. Documentación de archivos orales sobre el patrimonio cultural intangible
conservado en la memoria de los libros vivientes. Entrevistas a bibliotecarios sobre el rol social
de la profesión. Reflexiones en torno a la bibliotecología indígena y comunitaria.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Sobre el alcance de la educación

Me parece oportuno compartir un video donde es posible escuchar a George Carlin, gran pensador estadounidense de la contracultura, disertando efusivamente sobre la educación. Han pasado varios años desde esa presentación, pero su discurso no pierde vigencia ni actualidad, hoy mismo su lectura de la realidad resulta altamente representativa para buena parte del mundo. En este caso menciona que ante la dificultad en el aprendizaje por parte del alumnado, los directores y maestros proponían precisamente bajar la dificultad, cuando la problemática pasaba por la falta de contenidos que habiliten el discernimiento crítico entre los alumnos. Bajar la dificultad implica disminuir la práctica lectora, implica nivelar hacia abajo para llegar a compartir un plano levemente inferior, implica empobrecer el coeficiente intelectual de un país.
Es preciso trasladar esta lectura al contexto de la bibliotecología ¿cuántas veces discutimos sobre la preponderancia de los contenidos académicos para los alumnos? ¿Cuántas veces se analizó lo pertinente de una bibliografía? ¿Cuántas veces minimizamos la obsolescencia de los documentos?
Educación...he aquí la palabra, y agregaría compromiso ético de quienes deben garantizar, en el marco de las escuelas de bibliotecología, un discernimiento crítico de esta noble profesión.
Recuerdo muy pocos docentes, que en sus clases pregonaban permanentemente sobre la necesidad de pensar, invitando a los alumnos a guardar los libros y a proponer ideas. Pensar, esto que implica hacer uso de la razón, promover el entendimiento humano, porque ciertamente cuando un docente, por fuera de las fotocopias, les pide a sus alumnos que piensen alternativas, es como si dijera “desarmen el artefacto, separen todas las piezas, y evalúen, por fuera de lo que indica la bibliografía consultada, como lo podrían construir desde otro sistema de pensamiento, desde otro lugar, desde otro modo”...Aplicar conocimiento desde otras formas de conocimiento, poner en duda lo que figura citado, cuestionar la propuesta, completar miradas diferentes, articular nuevos modos de entendimiento...

Hay también otra realidad. En la docencia, no solo la bibliotecología, existen numerosos profesores que dictan contenidos sin hacer preguntas, donde tampoco habilitan que los alumnos las formulen, finalmente estos se transforman en recipientes que deben ser llenados con información, para luego exigirles que procesen lo que anotaron vertiginosamente, que lo digieran sin habilitar la argumentación, y luego que lo aprueben, como quien supera un obstáculo en la carrera. Recipientes vacíos de conceptos arremolinados sin estructuras articuladas, sin objetivos concretos, sin integración curricular, y si acaso existiese esa integración, la ausencia de análisis inhabilita la comprensión de dicha posibilidad. Si no se enseña a pensar ¿Cómo pretender que se comprenda el plano de una disciplina?

Seguimos con George Carlín. Es de suponer que al poder político no le interesa una población que pueda pensar críticamente, por lo general ocupan su tiempo en hacerles entender, a cada uno de ellos, que forman parte de un círculo cuyos múltiples espacios integrados habilitan la idea de que para pertenecer no hace falta preocuparse, que todos en definitiva tienen el control, que todos son personas libres haciendo libres elecciones.
Es la imagen del control remoto de la televisión, el que lo posee cree que elige los canales que está mirando, pero al tomar decisiones no puede darse cuenta que las está pulsando dentro de un inmenso lugar enrejado...un plano que apenas comprende, que lo que en realidad tiene (tenemos) son dueños que le indican, en forma invisible, que es lo que puede ver, que es lo que puede comprar, que es en lo que debe creer. Titiriteros que montan la inmensa y cotidiana obra, subsumida bajo el enorme control de los medios de la información, que todo lo anestesian, que todo lo imponen.

Existen alternativas claro, algunas pululan clandestinamente en las redes sociales, en quienes difunden meros contenidos independientes cuyas articulaciones muestran otro tipo de realidad, pero he aquí que el poder establecido necesita trabajadores obedientes, una idea de obediencia basada en la manipulación de hacer creer que las personas piensan por sí mismas al evaluar o procesar las diferentes informaciones que bajan de los medios de comunicación, un círculo para lo cual se necesitan arquitectos que han logrado diseñar la idea de una felicidad aparente, donde no sea posible advertir la grieta, donde el secreto objetivo es anestesiar conciencias, dispersar voluntades, distraer mentes, mientras el verdadero problema prosigue su curso. Como diría Carlin: "nadie parece darse cuenta, a nadie parece importarle

La inclinada mesa de la desigualdad social...
Vaya preguntarse porque las personas comunes, que cumplen honradamente con su jornada de trabajo, terminan eligiendo políticamente a quienes desde la política burdamente los excluyen, y la respuesta podría encontrarse en la ausencia de compromiso para cambiar la realidad, porque involucrarse implica dejar de lado el control remoto, porque no involucrarse forma parte del extraño mecanismo. A los digitadores de poder (palabra que no podemos dimensionar como quisiéramos para tener un alcance de lo que implica su invisible ejercicio), les conviene la sutil idea del movimiento inerte, la instauración de una tendencia que en algún momento activó en la sociedad la simulación de movimiento, para después hacer creer, a los que menos tienen, que la rueda efectivamente gira para tranquilidad de las minorías, y que lo que resta es tomar el control remoto y olvidarse de la dificultad, olvidarse de la construcción, olvidarse de la preocupación, en definitiva, olvidarse de eso que George Carlin llama “El Gran Club”.

Cuando el autor habla de bajar la dificultad, me gustaría que cada uno, desde la plena sinceridad y sentido ético profesional, reconozca, en su etapa de alumno, si acaso no le importó otra cosa que superar el escollo sin siquiera inquietarse por interpelarlo sustancialmente. Sin embargo todo depende precisamente del docente, porque personalmente he comprobado que cuando el docente propone en el aula ejercitar el pensamiento crítico, buena parte de los alumnos terminan aportando, acaso sin saberlo, una construcción colectiva, que no se reduce a la mera interpretación, porque allí está precisamente el rol docente para encuadrar la discusión en relación al enfoque teórico del objetivo de la disciplina.

Creo que estos enigmas no serán posible dilucidar en el corto plazo “el juego está arreglado, la mesa está inclinada”, es como si todas las posibilidades de cambio ya estuvieran digitadas, esta manipulación tal vez se comprenda (otros como Carlín alertaron sobre estas disquisiciones que temporalmente nos ocupan), pero se trata de un sistema de poder que advirtió precisamente el no compromiso de sus “esclavos”, que aún sabiéndose esclavizados, viven sus vidas despreocupados por no tener que tomar decisiones, de eso se encarga “el sistema”.

Este inmenso recinto lleva en alguna parte un candado, que no sabemos quien o quienes lo diseñaron, pero sí sabemos que nosotros no tenemos la llave.


Nota: la imagen pertenece al siguiente sito: www.cadep.ufm.edu

2 comentarios:

  1. Estimado Daniel: Creo que en el origen del problema de la educación bibliotecaria coinciden dos factores:
    1) El principio del mínimo esfuerzo, en una variante hedonista y posmoderna.
    2) La mentalidad dependiente de los formadores de bibliotecarios, pues conciben que todo lo citable es verdadero, todo lo extranjero está bien hecho y las normativas son intocables.
    Dado que ambos factores tienen que ver con la naturaleza de las personas involucradas, misma que ha sido tallada con sutileza por nuestras sociedades, así como mantenida por las instituciones, la única manera de cambiar algo es provocando varias crisis sucesivas que obliguen a esos involucrados a pensar en qué pueden hacer.
    No obstante, no deben ser admisibles como objetos de crisis los cierres de bibliotecas, pero sí los despidos de bibliotecarios y su desplazamiento de los puestos de trabajo. O ridiculizarlos hasta el cansancio y mostrarles lo idiotas que pueden ser, o lo ignorantes que muchas veces son, etc. Todo esto, claro, se puede hacer por el bien de los propios bibliotecarios, pues recuerde que los medicamentos más efectivos no siempre son fáciles de tragar.
    Espero que tengamos ocasión de platicar sobre esto. Va con el presente un abrazo.

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  2. Robert
    Realmente habilitas con tus opiniones un debate absolutamente productivo, he visto en el punto 1 de tu mensaje variados ejemplos que hacen a la imagen de una rueda que acaso alguna vez provocó desde la docencia un leve movimiento, que en apariencia justificaba el nivel educativo de los alumnos-recipientes, y luego continuó por inercia ofreciendo idénticos contenidos que no habilitaban en el alumno la preocupación por la disciplina.
    El segundo punto de tu observación es necesario interpelarlo, yo solo podía mencionar lo observado en algunos ejemplos argentinos, pero por lo visto el panorama se extiende a otras realidades. Noto que no se propicia el espacio crítico para cuestionar los envases utilizados por los docentes, sin embargo, cuando surgen iniciativas, el alumno responde más allá de la consigna, aporta conocimientos "locales" que enriquecen la propuesta curricular, me inquieta en todo este asunto el punto de crisis que habría que generar para que algunas de estas cosas cambien, seguramente un tema a seguir conversando más adelante.
    Como siempre, un gusto enorme leerte.
    Un abrazo.

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