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viernes, 7 de septiembre de 2018

Bibliotecas-heladeras en comunidades indígenas



A veces resultan llamativas ciertas medidas, hace un año se conoció en Jujuy un emprendimiento, que a decir del entonces Ministro de Cultura y Turismo, Carlos Oehler, se trató de “una muestra más del trabajo coordinado entre las diversas áreas de este gobierno. Se hizo una intervención artística de alumnos de establecimientos educativos y de pintores sobre heladeras en desuso de una reconocida empresa multinacional de gaseosas que las donó”.

Básicamente el proyecto convirtió unas heladeras en pequeñas bibliotecas para ser entregadas a distintas localidades (entre ellas Molulo, El Durazno, Catua, Ronque), los estudiantes, pertenecientes a Escuela Provincial de Artes Plásticas N° 1 “Medardo Pantoja”, el Profesorado de Artes Visuales IFD N° 4 “Scalabrini Ortiz” y el Centro Polivalente de Artes “Prof. Luis Martínez”, intervinieron esos artefactos con pinturas y los acondicionaron para albergar libros en aquellas comunidades aborígenes del interior de la provincia que no cuentan con una biblioteca popular.

Por su parte, la Ministra de Ambiente, María Zigarán, había destacado que la propuesta, con responsabilidad de la cartera de Cultura y Turismo, tuvo por fin reutilizar objetos que ya estaban en la clasificación de residuos, y que “por iniciativa de la Dirección de Derechos Culturales es que se hizo esta convocatoria para analizar desde nuestro ministerio que aporte hacer a esta propuesta”.

No se pretende enarbolar una crítica sobre la intencionalidad del proyecto, las heladeras podrían formar parte del espacio de una biblioteca, como cualquier otro elemento, pero de ahí a buscar entender que para ciertas comunidades unas heladeras alcanzan para representar la idea de biblioteca, es cuando menos una manera muy discutible de comprender que realmente dicho servicio es algo que necesiten los paisanos, cuando a pocos kilómetros de esos contextos rurales las realidades urbanas son bien distintas.

Soy de entender que no alcanza el pintoresco criterio de la “intervención artística” para justificar el sentido de la propuesta, que básicamente consiste en hacer que los niños lean en comunidades alejadas de los centros urbanos, de algún modo cuesta creer que desde el Estado no sea posible garantizar espacios adecuados para que las comunidades puedan acceder a materiales librarios representativos de sus culturas y necesidades de información.

Que la propuesta forme parte del concepto “Jujuy verde” no debería pretender relacionar el sentido de la reutilización ecológica con espacios concretos denominados bibliotecas, una biblioteca es otra cosa, es un espacio de encuentro, una casa de cultura crítica, un lugar donde la gente comparte lo que sabe, a lo sumo una heladera podría formar parte de un sector con una temática específica y determinada, pero no circunscribir su sentido al amplio entendimiento cultural que históricamente dicho concepto ha suscitado a nivel social.

Para que los paisanos accedan a libros que “los ayuden a formarse y a fomentar el hábito de la lectura” es necesario que tengan un espacio digno, esperemos que en un tiempo no muy lejano esas heladeras formen parte del espacio de una biblioteca comunitaria.

Fuente:
Gobierno de Jujuy
Bibliotecas sustentables destinadas a comunidades aborígenes jujeñas

Versión para El Orejiverde

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